—Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia, compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada... pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y relaciones de afinidad.
-Por ejemplo—dije yo—, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma, hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.
—Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle... Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué... Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas, atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla; pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su rostro.
Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa, embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:
—¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí. ¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!
—¿Estás loco, Tremielga?
—Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!
No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente, clavándoseme en el alma como púas de zarza.
—¡Tremielga te tiene envidia!—me decían las gentes.
Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la realidad! ¡Era imposible!