Me veo a solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la memoria con gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.

—Fué a esta misma hora—dice sin preámbulo, saltando del pensamiento a la palabra para continuar un monólogo mudo.—Hoy hace cuatro meses.

Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de nieve, las montañas blancas de las que emergen hayas y pinos, sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.

Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que se mueven como autómatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, altas y huesudas, que callan con trágico silencio, e inclinándose sobre los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche.

Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austriacos, búlgaros, turcos?... Son tantos contra ellos!

—Debíamos retroceder—continúa el servio,—abandonando lo que nos estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.

Los largos cordones de mujeres, niños y viejos, se habían sumido ya en la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en la aldea los hombres útiles que hacían fuego al amparo de los escombros. Una parte de ellos emprendió a su vez la retirada. De pronto el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo: «¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...» En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor o revolviéndose entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que habían logrado arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche que restañaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitán entró en este refugio que olía a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.

Al oír que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron a caer.

Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fué hasta el capitán y los soldados que le seguían...

—¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!