—¡Hermano, a mí!... ¡A mí!
Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible a la picadura mortal. «¡Hermano, a mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban sobre los otros cuerpos que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El bar empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos entre risas de alegría infantil.
El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará nunca, sigue golpeando maquinalmente la mesa... ¡Tac!... ¡Tac!...
PRUEBAS DE AMOR
(FELIPE TRIGO)
Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y la alegría, el amor y la amistad. Su corazón sensible, hasta lo infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes, lo deja destrozado.