—Pero... ¡no me da la gana!

Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su invencible deseo.

—No quiero. No me da la gana de casarme—repitió, enfadado.

Yo me reí. El se calmó luego.

—Mira, tú—me dijo,—la quiero tanto, que yo necesito a toda costa saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que me adora como una loca, que me adora por mí mismo, no por la vanidad de mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su orgullo, su porvenir y su honra.

—Estás chiflado.

—Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente, devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la publicidad, para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y a la deshonra!

—Pero, ¿hablas formal?—no pude menos de preguntarle a mi amigo.

—Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.

—¿Y ella?