Andrés.
Verás. Bajaba yo por la calle de Embajadores, y al desembocar en el Barranco, me veo á uno que le estaba atizando á su mujer, ó lo que fuera, un palizón de órdago. No es que yo me asuste por que se les tiente el traje á las mujeres, pero aquel ciudadano pegaba tan fuerte, y ella soltaba tales quejíos, que me dió lástima y me metí por medio, y sujeté la mano del hombre y le dije: «¡Camará, basta; ni que fuese la señora una caballería!» El sujeto era razonable y se contuvo; ¡pero ella!... ¡Á ella había que verla!... Se puso en jarras, se vino pa mí, arrimó su cara á la mía, como si quisiera tragérseme, y me soltó esta rociáa: «¿Á usté qué, si me pega, tío morral?... ¡Pa eso es mi marido!...» Vamos, que si me descuido, me pega ella á mí.
Ignacio.
Y, ¿qué hiciste?
Andrés.
¡Calcula!... Gritarle al otro: «¡Siga usté hasta que se canse, buen amigo!» y echar por el Barranco abajo, jurando no meterme en jamás en líos de mujeres y de hombres.
Isidra.
Pronto has olvidáo el juramento.
Andrés.
Porque se trata de Juan José. Juan José es un amigo, y no quiero que ni él, ni ésta (Por Rosa.) tengan que sentir. (Se acerca á Rosa.) ¡Déjate ya de lloriqueos!