Juan José.

Tú...

Rosa.

Sin duda tendrás algún medio pa salir del atranco, cuando te atreves á resollar tan fuerte. Lo tienes, ¿verdá?

Juan José.

No; no tengo ninguno, ¡ninguno!... (Con desesperación.)

Rosa.

¿Qué aguardas entonces? ¿Que yo me consuma aquí dentro, como un candil falto de aceite?... Claro, como los hombres entráis y salís, nunca os falta un amigo que os convide á una cosa ú á otra. Con eso se va uno defendiendo, y á la mujer, que la parta un rayo.

Juan José.

Pero, ¡qué hablas!... ¿No sabes que si alguien me diera un pedazo de pan, ese pedazo de pan llegaría á tus manos sin que yo lo tocase?... (Con pasión.) ¿No comprendes lo que tú significas pa mí? ¿Ignoras que desde el punto de conocerte, sólo en tí he pensáo, y de cuanto he tenido has dispuesto?... Pa mí se acabó el mundo al mirarte. Amigos, diversiones, ¡hasta el vaso de vino que tomaba en la taberna al volver de la obra!... Á trabajar pa ella, me dije, y con calor, con frío, cortándome el viento la carne ó abrasándome el sol la piel, cantaba yo encima del andamio, más contento que nunca, porque aquel frío, y aquel calor, y aquel dale que le das sin descanso, eran mi jornal, el cuarto donde habitas, tu comida diaria, tu paseo de los domingos, el vestido de percal pa tu cuerpo, el mantón de lana pa tus hombros, ¡tú entera que vivías por mí!... ¡Qué me importaban el cansancio, y la faena, y el peligro!... ¡Calcúlate lo que iba á importarme padecer de día, si me esperabas tú por la noche!... Ahí tienes lo que he hecho; lo que haría hoy mismo si pudiese; lo que deseo hacer... ¡Si hasta pediría pa tí una limosna, pa tí, pa mí no! ¡si no creyera que ibas á avergonzarte de que esta juventud y estos brazos sirvieran sólo pa echarse pa alante y pedir por Dios! ¡Y aún dices que no me interesas, que te abandono y te descuido!... ¡No lo digas, Rosa, no lo digas!... ¡Por tí lo intento yo todo, todo!... ¿Qué quieres que haga?...