Aguardiente, no. Me emborracha en seguida.

Andrés.

¡Buen defecto que le pones!... ¿Pa qué bebe uno?... Pa emborracharse. Pues cuanto antes, mejor.

Perico.

Verdad.

Andrés.

Pa mí, el aguardiente está de non. Porque con esto de la bebida, pasa como en la guerra; lo he visto muchas veces cuando era soldáo. Nos decían los jefes: «¡Á ver, muchachos, hay que tomar esa trinchera!...» Y echábamos por la cuesta arriba con la cabeza gacha y el fusil enristráo, mientras los contrarios nos freían á tiros; y aquí caía uno y allí otro; y luego diez y después veinte, y ¡hala! adelante, siempre adelante; hasta que llegábamos; pero ¡cómo llegábamos!... Chorreando sangre y sudor, y dejando el camino lleno de hombres patas arriba. En cambio, les decían á los artilleros: «¡Abajo esa casa!» y ¡Bum! ¡bum! á los cuatro disparos, la casa hecha cisco. Pues con esto, (Golpeando la mesa con el vaso.) sucede igual. Las botellas de vino, son la infantería; hay que tumbar muchas pa coger la mona; las medias copas de aguardiente, son los artilleros; con pocas basta. Voy á dispararme el primer cañonazo. (Apura la media copa.) ¡Esto es gloria, hombre!

Ignacio.

¿Y Juan José?

Andrés.