De capricho no pasa. (Á Ignacio.) Ya sabes cómo se conocieron.
Perico.
¿Cómo?
Andrés.
Rosa estaba de juerga con unos señoritos en una taberna donde entró Juan José, que entonces bebía más que ahora. En cuanto vió aquella cara de cielo, y aquel cuerpo, y aquellos ojazos, y oyó cantar á Rosa con la voz de ángel que Dios la ha dáo, se quedó con tres cuartas de boca abierta. Siguió la broma, y no sé cómo fué, que se emborracharon los señoritos y quisieron pegar á la chica. Allí fué la gorda; Juan José, que ya estaba prendáo de ella, se levantó y dijo: «Á ésta no hay quien la toque.» Total, que se movió el broncazo padre; y como Juan José es de los que empujan, y cuando se arranca se lleva por delante lo que le estorba, echó de la tasca á los señoritos y se quedó solo.
Perico.
¡Bien hecho!
Andrés.
Á ella le gustó aquel desplante, y, lo que pensaría: «Tropecé con mi hombre.» Cerca de un año lo ha estáo creyendo, y ya va pa dos meses que quiere volar por su cuenta.
Perico.