(Con el mismo tono de antes.) ¡Á usté!
Isidra.
(Como si no le entendiera y con fingida sinceridad.) ¿Qué te pasa, chico?... ¿Te ha picáo la víbora?
Juan José.
Quizá que sí. Ya sabe usté lo que quiero decirle, y ándese con cuidáo, porque todo el monte no es orégano, y un día, por culpa de sus trapisondas, va usté á tropezarse con algo que la duela.
Isidra.
¡Yo! ¿Pero qué dices?
Juan José.
Lo que he dicho y con ello basta. (Á Andrés.) Vamos en busca de Antonio, que ya es hora. (Levantándose.)
Andrés.