(Con desdén.) Palabras, música... el tío del higuí. Esas revoluciones de quita á este pa que suba yo, las aprovechan los políticos, los señorones de levita... ¿Son pa ellos? Que las hagan ellos.
Perico.
De modo, que tú...
Ignacio.
¡Como no hallen otro!... Pon que te metes en una trifulca, y pon que ganas y suben los tuyos. Ya están arriba. ¿Y qué? ¿Echarás un kilo más de carne en el puchero al día siguiente?... No. Al día siguiente volverás á morirte de hambre, á trabajar como una bestia, y los que te dijeron: «Ayúdame,» te dirán: ¡Arrima el hombro y revienta, que pa eso has nacido!
Perico.
Es que... (Entra Andrés por el fondo, desde donde avanza sin ser visto de Ignacio y Perico hasta una distancia suficiente para oir la conversación. El Tabernero se dirige al mostrador y permanece en él.)
Ignacio.
No, Perico, no. Pa luchar por nosotros, pa vengarnos de los que nos explotan, pa eso estoy pronto siempre y te diré, ¡sí! no una, cien veces que me lo preguntes. Por hacer una revolución así, nuestra, de nosotros, sí me echaría yo á la calle, y hasta perdería con gusto las dos piernas.
Andrés.