De en medio del charco de sangre que le rodeaba, a la rojiza luz del fogonazo, en medio de la humareda de la descarga que flotaba en su torno como una nube cenicienta, levantó la frente cadavérica i con acento patibulario i flebil esclamó, señalando el herido pecho con la mano: ¡Adios mundo! ¿No hai perdon para mí?..... ¡Fuego aquí!

Con una segunda descarga espiró.

¿I Berta? ¿Sigue tendida en el umbral de la prision? ¿Hánse juntado esas dos almas apasionadas sobre el umbral de la eternidad?... No. Cuando se levantó del umbral de la prision, las pálidas facciones de su rostro temblaban con una horrible contraccion histérica. ¿Plácido?.... murmuró levemente, como buscándolo con la mirada estraviada al rededor de sí. ¿Plácido?.... repitió varias veces, i prorrumpió en una interminable carcajada.

Estaba loca.

¡Nueva Ofelia! llorando i sonriendo vió caer las flores incoloras de su corona nupcial.

La sombra del cadalzo se proyectaba en el suelo: la sombra de Plácido surcaba la inmensidad bajo el cielo de los trópicos, sobre la sombra de las nubes e impelida por las frias brisas de la muerte.

¡La bandera de la Independencia de Cuba, será su mortaja! El estandarte de la Libertad, su cipres fúnebre. I cuando la mano de la Democracia desgarre los negros crespones que enlutan los altares de las libertades cubanas, el recuerdo de Plácido brillará en ellos como la luz del tabernáculo.

¡Musa de fuego! nada pudo estinguirla. ¡Cisne negro! como el cisne murió cantando. ¡Víctima inmaculada del corazon! ¡Mártir prematuro de la independencia de tu patria! ¡cuánta mas sangre haya chorreado de los laureles que ceñian tu frente, serán mas inmarcescibles ante la posteridad!

¡Nuevo Chernier! ¡Plácido i Chernier, las dos obras mas simpáticas de Dios, ambos poetas, ambos víctimas, ambos murieron pulsando sus liras sobre el patíbulo, al siniestro resplandor de su martirio!

FIN.