Por lo demás tan poco egoista y carnal es su pasión, á diferencia de la de los amadores vulgares, que si pudiese echar de sí aquella duda, que es su tormento; si de cierto supiera que estuviese su amada gozando de la compañía de los bienaventurados, ya no sentiría que hubiese sido herida por los dardos de la muerte:
E si cert fos qu'entre los sants fos mesa,
Non volgra jo que de Mort fos defesa.
Cant I.—Aquelles mans, etc.
La duda, sin embargo, subsistía. Aquel nuevo Job, que con perderlo todo, al perder lo que era su único supremo bien aquí bajo, no había podido siquiera guardar dentro de su alma la esperanza de hallar en otro mundo mejor el espíritu á quien en vida había unido el suyo; aquel nuevo Job que, como el patriarca árabe, en un momento de desesperación había maldecido también su existencia, debía como aquél llevar hasta el heroismo su resignación: y hé aquí que en medio de los males que se desploman sobre su corazón, anegándole en amarguras, á manera de las olas que, cayendo sobre ella, cubren de salobres espumas la combatida roca que irgue su cabeza en solitaria playa, impone silencio á aquél recordándole que
.....Tot es bó puig es obra de Deu.
«Admirable, sublime Ausías, exclama al llegar á este punto nuestro amigo Quadrado; después de oir de tu boca este verso, ¿qué más pudiéramos añadir acerca de tí ni como hombre ni como poeta?»
Habiéndonos detenido tanto, menos sin embargo de lo que hubiéramos deseado, en los cantos de Amor y de Muerte, difícilmente podríamos, sin caer en repeticiones y pecar por difusos, extendernos en los Morales y en el Espiritual, escritos por ventura por nuestro trovador para buscar en la filosofía cristiana y en el amor divino un bálsamo á las penas que tan hondamente le afligían. En ellos, sin dejar de mostrarse elegante y á momentos sublime poeta, aparece menos la fecundidad de su ingenio, por efecto sin duda del tono didáctico que con frecuencia en los mismos domina, y de que la materia se presta más á las severas bellezas de la razón que á las brillantes galas de la fantasía. Como árbol que tiene echadas sus raíces en el campo de la ética cristiana, produce más frutos que flores, ó únicamente se reviste de éstas en cuanto sirven para atraer hacia los primeros las voluntades y á excitarlas á alimentarse de ellos.
Es excusado decir que la moral de Ausías es elevada y no menos que su pasión pura. «Fundando, dice el crítico á quien acabamos de citar, la dignidad del hombre en su perfeccionamiento incesante, su felicidad y grandeza en el cumplimiento de su fin, levanta sobre estos pilares su noble cuanto sólido edificio.» Aplicando continuamente tan fecundo principio, no reconoce en el hombre otra libertad que la que conserva respecto de sus mismos deseos, otra paz que conciliar su voluntad con su deber, otra sabiduría que la de mejorarse y atender á su fin, ni otro privilegio en el sabio que el de su inmensa responsabilidad sobre los que no conocen sinó los goces y tareas materiales; no considera otro bien en la nobleza y opulencia que el de servir de instrumentos para el bien, otra ceguedad en la fortuna que la ceguedad de nuestras pasiones, que piden á sus favores lo que ellas no alcanzan á dar, otra ocasión de valor que la de morir por un gran bien ó en provecho de muchos, otra mayor cobardía que la del suicida, que escapa de los males, como el bisoño ante el enemigo..... Moralista austero, desearía establecer una severa censura que arrancase la máscara á los hipócritas, que los castigase en la opinión misma á que aspiran por recompensa, que desterrase esa moral cómoda, ficticia, de pomposa apariencia, estéril en virtudes y en frutos de verdad, sin los cuales