anegan e inundan luego
cuanto encuentran a su paso.
Con sus ardides eternos
dispuestos siempre a escucharnos,
para mejor engañarnos
simulan obedecernos,
y con labio seductor
nos arrastran al abismo,
fingiéndose entonces mismo
mensajeros del Señor.
anegan e inundan luego
cuanto encuentran a su paso.
Con sus ardides eternos
dispuestos siempre a escucharnos,
para mejor engañarnos
simulan obedecernos,
y con labio seductor
nos arrastran al abismo,
fingiéndose entonces mismo
mensajeros del Señor.