podrida, sucia y hedionda.

Pero ejemplar, cristianísimo,

fue su tránsito. «¡Aún es floja

la penitencia!, exclamaba.

¡Me abomino! ¡Me abochornan

mis culpas! ¡Mujer, oficio

dejar!... ¡Cuánto me trastorna

esa idea!... ¡Si supiese

que ella, al menos, me perdona!»

Marta