El pobrecillo

deliraba, pues: «¡Cuán pronta

huyó la paz!, exclamaba:

¡qué vida!, ¡qué batahola!

Darle cada año un infante;

buscar, para tantas bocas,

después el pan, el pan, digo,

en su acepción llana y propia;

y jamás comer tranquilo

mi porción.»