Fausto

¡Poco a poco!

No lo niego, niña hermosa;

pero, dime, a Dios, ¿quién osa

nombrarle, sin estar loco?

¿Quién, a su conciencia fiel,

puede decir «en Dios creo?»

¿Quién, sin audaz devaneo,

dirá «yo no creo en Él»?

Si Dios todo lo creó,