la quería ennegrecer,

y jamás, ennegreciéndola,

bastante negra la hallé.

Y ahora ¿qué soy? ¡Desdichada!

¡Pecado y culpa también!

Y todo aquello –¡Dios mío!– que

me impulsó, sin saber,

a estos abismos, ¡cuán grato,

cuán grato y cuán dulce fue!