Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes, y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.
Adelántase primero Moloc, rey horrible[24], manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio[25], consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón[26], llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.
A Moloc seguía Chamós[27], obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.
Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las siriacas tierras, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Astarot[28], varón el primero y la segunda hembra, pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos, como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.
Tras esta turba de divinidades apareció Astoret[29], a quien los Fenicios llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey[30], cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.
En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su nativa roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz[31], a consecuencia de su anual herida: amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.
Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores[32]. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en los límites de la frontera de Gaza.
Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco, en las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por el leproso que perdió una vez[33], se ganó un rey, a Acaz[34], su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.
Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres un día famosos, Osiris, Isis, Orus[35] y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales más bien que de humanas.
Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Betel y en Dan[36], presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto, aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.