A lo que replicó el espectro encendido en cólera:

«¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde, para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás, fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que con un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso de este dardo te sientas sobrecogido de extraño horror, y de angustias que todavía no has experimentado.»

Dijo así el pálido Terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez veces más repulsivo y espantoso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente, hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más temible[64]. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre! exclamó, ¿qué intentan tus manos contra tu único hijo? ¿Qué furor ¡oh hijo! te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A Aquel que sentado en su supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás débilmente cuanto te ordene en su cólera, que él llama justicia; su cólera, que algún día os destruirá a los dos.»

Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas, te has interpuesto aquí de manera, que al suspender su repentino golpe mi brazo, no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que reúnes esas dos formas, y por qué al encontrarme por vez primera en este valle infernal, me has llamado padre, y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto jamás seres tan detestables como sois ambos.»

«Luego ¿ya me has olvidado? replicó ella. ¿Tan horrible parezco ahora a tus ojos, cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos, se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura, salí de ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus, y me llamaron Pecado, considerándome como un presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, les prendé de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo gozaste los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatiose en los campos del cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí: durome poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose estas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo: y yo hui gritando: ¡Muerte! Estremeciose el infierno al oír este horrible nombre, y en lo mas hondo de sus cavernas se oyó un suspiro que repetía: ¡Muerte! Y yo seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto, y me causan tan profundo terror, que no hallo un instante de tregua ni reposo.

»Sentada ante mis ojos, y siempre en frente de mí, mi hija y enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede despuntar arma tan mortífera.»

Así dijo; y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia, blanda y pausadamente repuso:

«Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso, voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si esta es la causa, u otra más oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde viviréis entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando los suavísimos vapores de embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»

Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo:

«Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir estas puertas de diamante. La Muerte está determinada a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder viviente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién pues debo obedecer y seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de ventura, donde en compañía de dioses que gozan tan dulce vida, en voluptuosa paz, y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y favorita, reine por toda una eternidad.»