No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.

Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido[68], igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.

LIBRO TERCERO


ARGUMENTO

Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Nifates.

¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo[69] o destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e inconmensurable?

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos, que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo. Mas alentado por el amor que me inspira sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes, los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mí en desgracia (¡así los igualara en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides[70], ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo[71], deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus nocturnos trinos.

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.