»Resta todavía que hacer: desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo; ha aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación? ¿Quién de vosotros, para redimir el crimen del hombre, se hará mortal? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo el cielo tan sublime amor?»

A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero castigo, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin tener quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside la plenitud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:

«Ya, Padre mío, has pronunciado tu sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea, ni implore, ni solicite, ¿ha de haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza, pero que una vez perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por sí holocausto ni expiación alguna!

»Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de perecedero.

»Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»

Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor que solo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando el Omnipotente exclamó así:

«¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por él te separaré de mi seno y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de este; y ya que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz, renacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo, satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que, aun pudiendo, no acepten la gracia con que se les brinda.

»Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la tuya; porque sentado en el trono de Dios, igualándole en grandeza y gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado para preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más bien que tu divino origen, te ha hecho doblemente digno de ser el Hijo de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí encarnado, reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder te concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás como señor supremo, sobre tronos, principados, potestades y dominaciones; y todos se prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades del infierno. Cuando asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote los arcángeles de heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal terrible, y acudan a su voz los vivientes de todas las partes del mundo, y los muertos de todas las pasadas edades, y al estrépito producido por la ruina de la naturaleza, despierten de su sueño, y corran presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en presencia de los santos todos, a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad, se humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multitud llenará el infierno, que quedará para siempre cerrado desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas, pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva tierra, que será morada de los justos; los cuales, tras largas tribulaciones, conocerán una edad de oro, fecunda en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la hermosura de la verdad. Entonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios será todo para todos. Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se cumplan todas estas maravillas; adorad a mi Hijo, y honradle como a mí propio.»

Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles prorrumpieron en ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de los himnos y hosannas que resonaban por las eternas regiones del Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante ambos tronos, y en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y florece aún, prestando dulce sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se deslizan por entre las flores del Elíseo.

Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan y sostienen los espíritus bienaventurados sus resplandecientes cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre el luciente pavimento, que brilla como un mar de jaspe, matizado de celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo; prepara cada cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a su costado; y preludiando una suavísima sinfonía, entonan sagrado cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz allí que permanezca silenciosa; no hay voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve todo en el cielo.