Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron la cólera, la envidia y la desesperación, que sucesivamente le fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfrazaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de los bienaventurados. Pero él, que se observó al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y como tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su venganza, aunque no lo bastante para engañar a Uriel, que estaba ya prevenido. Había el Arcángel seguido atentamente todos sus pasos; le había visto en el monte Asirio poseído de una inquietud poco propia de los espíritus celestiales, pues creyendo que nadie le veía ni vigilaba, en sus furiosas demostraciones y en sus descompuestos ademanes había claramente mostrado la exaltación que dominaba su ánimo.

Siguió, pues, su camino, acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre, corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina, y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmesurada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las bellas nubes del ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por Dios a refrigerar la tierra.

Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a medida que se acercaba a él, hinchéndole el corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que naturalmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone el cabo de Buena-Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique, siente el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo exhala de lejos el océano; así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que le alejó, enamorado y todo, de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí rigorosamente aprisionado.

Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán...

Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil; cayendo en medio del rebaño, o como el ladrón, que para dar con el escondido tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto bajo dobladas puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que solo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto, en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.

Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que se extendía desde Aurán[78] hasta las soberbias torres de la gran Seleucia[79], construidas por los reyes griegos, y hasta Talasar[80], que sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndole más encantador aún, y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó, dándonos a conocer el mal.

Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre, de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el río que salía de su tenebroso cauce, dividíale en cuatro corrientes principales, que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios, de que no es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguardadas en impenetrable sombra, para mejor preservarse del resistero del mediodía.

Mansión campestre y encantadora.