Pero aunque Milton se distinga realmente tanto por su sublimidad, hay muchas bellezas, muchos cuadros dulces y deliciosos en toda su obra. Las escenas que pasan en el Paraíso están llenas de imágenes risueñas y encantadoras; sus descripciones son hijas de una fecundísima imaginación, y en los símiles se muestra casi siempre muy feliz, aunque alguna vez pequen de impropiedad, y pocas y muy raras sean o triviales o de mal gusto. En lo general nos ofrece imágenes tomadas de objetos sublimes o bellos, y si de algún defecto se resienten es de aludir a menudo a conocimientos científicos o a las fábulas de la antigüedad. La última parte del Paraíso perdido preciso es confesar que decae algún tanto: parece que el genio de Milton participa del desfallecimiento de nuestros primeros padres. Rasgos, sin embargo, muy bellos del género trágico se hallan en los postreros libros, como el remordimiento y contrición de los dos culpables; y afectos conmovedores, como su despedida al Paraíso, cuando se ven obligados a abandonarlo. El último episodio del Ángel, que refiere a Adán la suerte de su posteridad, está felizmente ideado, aunque a trechos sea algún tanto lánguida la ejecución.

El lenguaje y versificación de Milton son de primer orden. Su estilo es altamente majestuoso y apropiado al asunto. El verso suelto es armonioso y vario, y ofrece el más perfecto ejemplo de la elevación que es capaz de alcanzar nuestra lengua en la poesía. No se sucede acompasadamente como el verso francés, en alterna, regular y uniforme melodía, que frecuentemente fatiga el oído, sino que es dulce, fluido y muchas veces enérgico, vario en su cadencia y mezclado con algunos sonidos desacordes, como conviene al vigor y libertad de la composición épica. De vez en cuando se tropieza con alguno prosaico y descuidado, pero en obra tan larga, y en lo general tan armoniosa, bien pueden perdonarse tan pequeñas faltas.

En suma, es el Paraíso perdido un poema que abunda en perfecciones de todo género, y que con razón ha dado a su autor una fama no inferior a la de ningún otro poeta, a pesar de que tengamos que reconocer en él algunos lunares; que es propiedad de todos los grandes genios no ser siempre uniformes ni correctos. Da Milton con frecuencia en la teología y la metafísica; suele ser duro en su lenguaje; suele usar de voces técnicas y hacer gala de su erudición; pero muchos de sus defectos deben atribuirse a la época en que vivió. La fuerza y seguridad que ostentaba su genio, estaba, a nivel de lo más grande que se conoce; y si a veces se muestra inferior a sí mismo, otras se eleva sobre todos los poetas del antiguo y del nuevo mundo.

DE LORD OXFORD

Si el Rafael, el Satán y el Adán de Milton tienen tanta dignidad como el Apolo de Belvedere, su Eva ostenta toda la gracia de la Venus de Médicis, y su descripción del Edén el colorido de Albano. Su ternura inspira siempre ideas tan graciosas como las Madonas de Guido, y las tres gracias pueden denominarse el Allegro, el Penseroso y Comus. Rebosaba su alma en poesía, en sentimiento y en entusiasmo, y aprovechaba todas estas cualidades estudiando los mejores modelos. Así preparado, dio rienda suelta a su genio, que era demasiado impetuoso y sublime para dejarse aprisionar por el mecanismo de la rima, que si alguna vez le embarazaba para expresar todo lo que sentía, con más frecuencia le obligaba a añadir trivialidades que contribuían a que cobrase mayor aliento.

DE HAYLEY

El entusiasmo era la cualidad predominante en la imaginación de Milton. En política le había llevado a ser crédulo con sobrada generosidad, y a veces demasiado rigorosamente decidido; pero en poesía le exaltaba a un grado tal de sublimidad, que nadie ha podido excederle en ella, ni es probable que llegue nadie a sobrepujarle; pues aunque en todas las artes haya sin duda grados de perfección a que ningún mortal ha llegado aún, se requiere tal conjunto de dotes, unas dependientes de la naturaleza, otras de la fortuna, en un grande artista de cualquier género que sea, que el mundo no tiene motivo alguno para esperar producciones de un genio poético superior al del Paraíso perdido. En él se ve la vigorosa y aguda originalidad de concepción que caracterizaba la inteligencia de Milton, y le hacía merecedor del más alto concepto; y así no solamente es digno nuestro autor de aplauso por haber ensanchado y ennoblecido la esfera de la poesía épica, sino de otro título mayor a nuestra gratitud, el de fundador del nuevo y encantador arte inglés, que tanta gloria ha dado a nuestro país.

Con justo encomio, pues, y con las más sinceras y felices expresiones han rendido un tributo de admiración a Milton, el elegante historiador de nuestra moderna jardinería lord Oxford, y los dos consumados poetas de Francia y de Inglaterra, De Lille y Mason, al celebrar su mérito y proclamarle como el benéfico genio que ha granjeado al mundo la más joven y amable de las artes.


No sería justo ni honroso para el mérito de un poeta como Milton terminar las precedentes observaciones sobre su inmortal obra, sin observar que el libro sexto ha sido quizá juzgado con excesiva severidad. En la brillante y animada crítica que de él ha hecho Johnson, lo ha calificado como muy a propósito para ser «el favorito de los estudiantes.» Pero Mr. Hayley elocuentemente replica que «hasta la imaginación puede menospreciar una lógica austera, creyéndola facultad estudiantil, pero a los que gozan aun con sus desvaríos, lícito les es complacerse en su deleite. Ningún lector de verdadero instinto poético se ha fijado jamás en el sexto libro sin sentir una especie de embeleso, que bien puede condenar un ceñudo lógico, pero que nada perdería en llegar a participar de él.» Tampoco puede decirse del Paraíso perdido que «se cree uno obligado a conocerlo, mas no halla deleite en él;» ni que «leemos a Milton para instruirnos, le cerramos fatigados y como rendidos, y volvemos la vista a otra parte para distraernos.» No hay tal: prestemos atención a su canto, y tal vez experimentaremos la misma sensación que nuestro padre Adán cuando después de oír la revelación del Ángel, quedó tan embebecido y suspenso, que por algún tiempo le estuvo atento, creyendo que seguía hablándole, y que todavía llegaban sus palabras a sus oídos.