Justo es decir que los que en ciertas ocasiones se mostraban implacables, eran cuando se estrenaba una obra de algun autor de merecido crédito, los que con más placer le palmoteaban y con más entusiasmo pedian su nombre.
Las ideas revolucionarias que los dominaban en política, los avasallaban tambien en literatura; y para ellos lo más exagerado era siempre lo mejor.
De resultas de una discusion comparando el romanticismo y el clasicismo, el busto de Molière salió desterrado del nido, y aún me parece leer sobre sus paredes la quintilla escrita con carbon un dia que se recordaron las burlonas censuras de Moratin al autor de La vida es sueño.
Os indignais sin razon
Contra ese ultraje tan ruin;
¿Puede, en ninguna ocasion,
Amenguar un moratin
La gloria de un CALDERON?
Los caractéres de los habitantes del nido, corrian parejas, por lo distintos, con los muebles de la salita. Todos, y esto era lo único en que se parecian, eran aspirantes á escritor; á excepcion de dos, cuyas obras habian sido aplaudidas por el público, y que sin tener en cuenta esa circunstancia, se dignaban mirar como compañeros á los demás. Era el más viejo, y era y es bien jóven aún, uno cuyo nombre es ya garantía para el público que asiste á los estrenos de sus obras, de que va á pasar una noche feliz: tanta es la habilidad con que sabe disponer la sencilla y natural trama de sus piezas: tanta y tan fina es la sal con que sabe aderezarlas y servirlas al público, su infatigable convidado. De mediana estatura, delgado, nervioso, su cabeza ocupaba casi una tercera parte de su cuerpo; quebrado el color, rayando en bilioso, un mechon de alborotados cabellos negros adornaba su despejada frente y entonaba la dureza de líneas de aquella nariz aguileña, de aquellas cejas desiguales que daban sombra á unos ojos en que la impaciencia, la sutilidad y la astucia eran tres amigas que contínuamente caminaban del brazo. ¿No le conoces, lector? ¿No le has visto salir á escena estas noches? Es Miguel Ramos Carrion, el autor de Un sarao y una soirée, y de La gallina ciega, y de Esperanza, y del Cuarto desalquilado, y de Los doce retratos, y de La mamá política, y de una obra que se representará en breve y acabará de consolidar su reputacion.
Miguel ¡quién lo diria conociendo sus obras! era desgraciado: ya no lo es; ya su trabajo basta para sostener las cortas necesidades, la existencia preciosa de su madre, y el recuerdo del tiempo malo sólo puede ser para mi amigo el fondo negro, que no es triste, puesto que hace destacar la claridad del primer término. Miguel, luchando con innumerables contrariedades de todo género, escribia artículos, hacía versos para mil objetos distintos, traducia en tres dias una pieza ó una zarzuela que solia representarse con ajeno nombre, y en vano pedia á los sucesos un momento de tranquilidad para hacer al fin algo más digno de sus envidiables facultades. Sus compañeros del nido se las reconocian á coro, sostenian su fé vacilante, y hoy sienten tanta felicidad por su suerte como orgullo por no haberse equivocado en sus pronósticos.