¿Será esto querer sostener que las poesías de Campo son perfectas? Nada más léjos de mi ánimo. Acercáranse más á la perfeccion y estarian, tales como son ellas y la índole del talento poético de su autor, más léjos de la belleza artística. El lector encontrará en las Impresiones estilo frecuentemente incorrecto, versos flojos y desaliñados, imprudencias de asunto y de frase, falsedad y contradiccion en los juicios; todo mezclado y compensado con bellezas de primer órden, de esas que saltan á la vista del lector ménos perspicaz, como ciertas mujeres hermosas, de provocativa belleza, se nos entran por los ojos, atrayéndonos con sus miradas.

Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, para expresar sus pensamientos, paga á menudo una licencia poética, que pudiera haberse excusado, con mil primores; á la manera (y perdóneseme lo vulgar de la comparacion por lo que tiene de expresiva), á la manera del niño que promete á su madre no salir de casa en todo el domingo si le perdona media hora de escuela para ir á bañarse al rio con sus compañeros... donde de milagro no se ahoga y de seguro se resfría.

Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir la inspiracion á su llamada. Para nuestro amigo, es siempre la poesía una amante esposa que se entrega con tranquila felicidad á su marido: nó la pobre mujer que fuerza un soldadote brutal y feroz.

Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo que siente como lo que no siente, y creo en conciencia que él mismo no lo distingue: el poeta cantará siempre mejor lo que cree sentir que lo que siente en realidad... ¡Ay! Si expresáramos bien lo que á veces sentimos, ¿qué poeta no sería gran poeta? La verdad del sentimiento no logra nunca salir por entero del corazon: ha echado en él raíces: al exterior brotan únicamente las ramas, ¡y éstas son tales que parecen árboles! Campo escribió indudablemente la hermosa poesía que me hace la honra de dedicarme (una de las más defectuosamente bellas de la coleccion) un dia que habia sostenido una discusion con un clérigo carlista, enterádose del asesinato legal de Reus y leido algun tratado de filosofía alemana...

Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. En literatura, divido yo los críticos (¡cuántas veces me han dividido y me dividirán ellos á mí!) en dos clases. Pertenecen á la primera los que acogen sin prevencion, con benevolencia, las primeras obras de un jóven, saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sólo ponerse, en el camino de la perfeccion artística, y censuran lo malo sin acritud, ensalzan lo bueno con expansion, y hacen con el principiante en tan difícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo de que se encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben el régimen más propio para su restablecimiento, y le hacen confiar en la conquista de la salud.

Pertenecen á la segunda clase, los críticos para quienes todo es malo, para quienes nadie sabe nada, para quienes nadie debe escribir; que vierten hiel sobre las primeras ilusiones de un alumno de las Musas, que mutilan sin piedad sus composiciones, ensañándose en ellas con tanta fé como alevosía, como cristiano contra moro. A éstos no les llamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos de triste recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortaban las orejas á los delincuentes... todo con el objeto de decidirlos á la enmienda.

Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro con demasiado buen corazon para lo segundo, y dejo el libro de mi amigo querido á los que de una clase y de otra no faltan en nuestra república literaria: á los primeros se lo abandono con alegría y confianza; á los segundos... por fuerza se lo entrego.

IV.

Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale que sea mio que de una persona autorizada.

Cárlos Coello.