NOTAS:

[127] Aristotel. 2. Meteo. cap. 5.

CAPÍTULO IV

Que en la Tórridazona corren siempre brisas, y fuera de ella vendavales y brisas.

No es el camino de mar como el de tierra, que por donde se va, por allí se vuelve. El mismo camino es, dijo el Filósofo, de Atenas á Tebas, y de Tebas á Atenas. En la mar no es así, por un camino se va, y por otro diferente se vuelve. Los primeros descubridores de Indias occidentales, y aun de la oriental, pasaron gran trabajo y dificultad en hallar la derrota cierta para ir, y no menos para volver[128], hasta que la experiencia, que es la maestra de estos secretos, les enseñó que no era el navegar por el Océano, como el ir por el Mediterráneo á Italia, donde se van reconociendo á ida y vuelta unos mismos puertos y cabos, y solo se espera el favor del aire, que con el tiempo se muda. Y aun cuando esto falta, se valen del remo; y así van y vienen galeras costeando. En el mar Océano en ciertos parages no hay esperar otro viento: ya se sabe, que el que corre ha de correr mas ó menos: en fin, el que es bueno, para ir, no es para volver. Porque en pasando del Trópico, y entrando en la Tórrida señorean la mar siempre los vientos que vienen del nacimiento del Sol, que perpetuamente soplan, sin que jamás den lugar á que los vientos contrarios por allí prevalezcan, ni aun se sientan. En donde hay dos cosas maravillosas: una, que en aquella region, que es la mayor de las cinco, en que dividen el mundo, reinen vientos de oriente, que llaman brisas, sin que los de poniente, ó de mediodia, que llaman vendavales, tengan lugar de correr en ningun tiempo de todo el año. Otra maravilla es, que jamás faltan por allí brisas, y en tanto mas ciertas son cuanto el parage es mas propincuo á la línea, que parece habian de ser allí ordinarias las calmas, por ser la parte del mundo mas sujeta al ardor del Sol; y es al contrario, que apenas se hallan calmas, y la brisa es mucho mas fresca y durable. En todo lo que se ha navegado de Indias, se ha averiguado ser así. Esta, pues, es la causa de ser mucho mas breve, y mas fácil, y aun mas segura la navegación que se hace yendo de España á las Indias occidentales, que la de ellas volviendo á España. Salen de Sevilla las flotas, y hasta llegar á las Canarias sienten la mayor dificultad, por ser aquel golfo de las Yeguas vário, y contrastado de varios vientos. Pasadas las Canarias, van bajando hasta entrar en la Tórrida, y hallan luego la brisa, y navegan á popa, que apenas hay necesidad de tocar á las velas en todo el viage. Por eso llamaron á aquel gran golfo, el golfo de las Damas, por su quietud y apacibilidad. Así llegan hasta las Islas Dominica, Guadalupe, Deseada, Marigalante, y las otras que están en aquel parage, que son como arrabales de las tierras de Indias. Allí las flotas se dividen; y las que van á Nueva-España echan á mano derecha en demanda de la Española, y reconociendo el cabo de San Anton, dan consigo en San Juan de Ulúa, sirviéndoles siempre la misma brisa. Las de tierra firme toman la izquierda, y van á reconocer la altísima sierra Tayrona, y tocan en Cartagena, y pasan á Nombre de Dios, de donde por tierra se va á Panamá, y de allí por la mar de el sur al Perú. Cuando vuelven las flotas á España, hacen su viage en esta forma: La de el Perú va á reconocer el cabo de San Anton, y en la Isla de Cuba se entra en la Habana, que es muy hermoso Puerto de aquella Isla. La flota de Nueva-España viene tambien desde la Veracruz, ó Isla de San Juan de Ulúa á la Habana, aunque con trabajo, porque son ordinarias allí las brisas, que son vientos contrarios. En la Habana, juntas las flotas, van la vuelta de España buscando altura fuera de los Trópicos, donde ya se hallan vendavales, y con ellos vienen á reconocer las Islas de Azores, ó Terceras, y de allí á Sevilla. De suerte que la ida es en poca altura, y siempre menos de veinte grados, que es ya dentro de los Trópicos; y la vuelta es fuera de ellos, por lo menos en veinte y ocho, ó treinta grados. Y es la razon, la que se ha dicho, que dentro de los Trópicos reinan siempre vientos de oriente, y son buenos para ir de España á Indias occidentales, porque es ir de oriente á poniente. Fuera de los Trópicos, que son en veinte y tres grados, hállanse vendavales, y tanto mas ciertos, cuanto se sube á mas altura; y son buenos para volver de Indias, porque son vientos de mediodia y poniente, y sirven para volver á oriente y norte. El mismo discurso pasa en las navegaciones que se hacen por el mar del sur, navegando de la Nueva-España, ó el Perú á las Filipinas, ó á la China, y volviendo de las Filipinas, ó China á la Nueva-España. Porque á la ida, como es navegar de oriente á poniente, es fácil; y cerca de la línea se halla siempre viento á popa, que es brisa. El año de ochenta y cuatro salió del Callao de Lima un navío para las Filipinas, y navegó dos mil y setecientas leguas sin ver tierra: la primera que reconoció fué la Isla de Luzón, á donde iba, y allí tomó Puerto, habiendo hecho su viaje en dos meses, sin faltarles jamás viento, ni tener tormenta, y fué su derrota cuasi por debajo de la línea, porque de Lima, que está á doce grados al sur, vinieron á Manila, que está cuasi otros tantos al norte. La misma felicidad tuvo en la ida al descubrimiento de las Islas que llaman de Salomón, Alvaro de Mendaña, cuando las descubrió, porque siempre tuvieron viento á popa, hasta topar las dichas Islas, que deben de distar del Perú, de donde salieron, como mil leguas, y están en la propia altura al sur. La vuelta es como de Indias á España, porque para hallar vendavales los que vuelven de las Filipinas, ó China á Méjico, suben á mucha altura, hasta ponerse en el parage de los Japones, y vienen á reconocer las Californias, y por la costa de la Nueva-España vuelven al Puerto de Acapulco, de donde habian salido. De suerte, que en esta navegacion está tambien verificado, que de oriente á poniente se navega bien dentro de los Trópicos, por reinar vientos orientales: y volviendo de poniente á oriente, se han de buscar los vendavales, ó ponientes fuera de los Trópicos en altura de veinte y siete grados arriba. La misma experiencia hacen los Portugueses en la navegacion á la India, aunque es al revés, porque el ir de Portugal allá es trabajoso, y el volver es más facil. Porque navegan á la ida de poniente á oriente, y así procuran subirse hasta hallar los vientos generales, que ellos dicen que son tambien de veinte y siete grados arriba. A la vuelta reconocen á las Terceras; pero les es mas facil, porque vienen de oriente, y sírvenles las brisas, ó nordestes. Finalmente, ya es regla, y observacion cierta de marineros, que dentro de los Trópicos reinan los vientos de levante; y así es facil navegar al poniente. Fuera de los Trópicos unos tiempos hay brisas, otros, y lo mas ordinario, hay vendavales; y por eso quien navega de poniente á oriente procura salirse de la Tórrida, y ponerse en altura de veinte y siete grados arriba. Con la cual regla se han ya los hombre atrevido á emprehender navegaciones extrañas para partes remotísimas, y jamás vistas.

NOTAS:

[128] Juan de Barros en la Década 1. lib. 4. cap. 6.

CAPÍTULO V

De las diferencias de brisas y vendavales con los demás vientos.

Siendo lo que está dicho cosa tan probada y tan universal, no puede dejar de poner gana de inquirir la causa de este secreto, ¿porqué en la Tórrida se navega siempre de oriente á poniente con tanta facilidad, y no al contrario? que es lo mismo que preguntar, ¿porqué reinan allí las brisas, y no los vendavales? pues en buena Filosofía lo que es perpétuo, y universal, y de per se, que llaman los Filósofos, ha de tener causa propia, y de per se. Mas antes de dar en esta cuestion, notable á nuestro parecer, será necesario declarar, qué entendemos por brisas, y qué por vendavales, y servirá para ésta, y para otras muchas cosas en materia de vientos y navegaciones. Los que usan el arte de navegar cuentan treinta y dos diferencias de vientos, porque para llevar su proa al puerto que quieren, y tienen necesidad de hacer su cuenta muy puntual, lo mas distinta y menuda que pueden; pues por poco que se eche á un lado, ó á otro, hacen gran diferencia al cabo de su camino, y no cuentan mas de treinta y dos, porque estas divisiones bastan, y no se podria tener cuenta con más que éstas. Pero en rigor, como ponen treinta y dos, podrían poner sesenta y cuatro, y ciento y veinte y ocho, y doscientos y cincuenta y seis; y finalmente, ir multiplicando estas partidas en infinito. Porque siendo como centro el lugar donde se halla el navío, y todo el Emisferio su circunferencia, ¿quién quita que no puedan salir de ese centro al círculo líneas innumerables? y tantas partidas se contarán, y otras tantas divisiones de vientos; pues de todas las partes del Emisferio viene el viento, y el partirle en tantas ó tantas es á nuestra consideracion, que puede poner las que quisiere. Mas el buen sentido de los hombres, y conformándose con él tambien la divina Escritura, señala cuatro vientos, que son los principales de todos, y como cuatro esquinas del Universo, que se fabrican haciendo una Cruz con dos líneas, que la una vaya de polo á polo, y la otra de un equinoccio al otro. Estos son el norte, ó aquilón, y su contrario el austro, ó viento que vulgarmente llamamos mediodia; y á la otra parte el oriente donde sale el Sol, y el poniente donde se pone. Bien que la sagrada Escritura[129] nombra otras diferencias de vientos en algunas partes, como el euroaquilo, que llaman los del mar Océano, nordeste, y los del Mediterráneo, gregal, de que hace mencion en la navegacion de San Pablo. Pero las cuatro diferencias solemnes que todo el mundo sabe, esas celebran las divinas letras, que son, como está dicho, septentrion, y mediodia, y oriente. y poniente, Mas porque en el nacimiento del Sol, de donde se nombra el oriente, se hallan tres diferencias, que son las dos declinaciones mayores que hace, y el medio de ellas, segun lo cual nace en diversos puestos en invierno y verano, y en el medio; por eso con razon se cuentan otros dos vientos, que son oriente estival, y oriente hiemal; y por el consiguiente otros dos ponientes contrarios á estos, estival, y hiemal. Y así resultan ocho vientos en ocho puntos notables del Cielo, que son los dos polos, y los dos equinoccios, y los dos solsticios con los opuestos en el mismo círculo. De esta suerte resultan ocho diferencias de vientos, que son notables, las cuales en diversas carreras de mar y tierra tienen diversos vocablos. Los que navegan el Océano suelen nombrarlos así: al que viene del polo nuestro, llaman norte, como al mismo polo: al que se sigue, y sale del oriente estival, nordeste: al que sale del oriente propio y equinoccial, llaman leste: al del oriente hiemal, sueste: al de el mediodia, ó polo antártico, sur: al que sale del ocaso hiemal, sudueste: al del ocaso propio y equinoccial, oeste: al del ocaso estival, norueste. Los demás vientos fabrican entre estos, y participan de los nombres de aquellos á que se allegan, como nornorueste, nornordeste, lesnordeste, lessueste, susueste, sudueste, ossudueste, osnorueste, que cierto en el mismo modo de nombrarse, muestran arte, y dan noticia de los lugares de donde proceden los dichos vientos. En el mar Mediterráneo, aunque siguen la misma arte de contar, nombran diferentemente estos vientos. Al norte llaman tramontana: á su opuesto el sur llaman mezojorno, ó mediodia: al leste llaman levante: al oeste poniente; y á los que entre estos cuatro se atraviesan, al sueste dicen jiroque, ó jaloque: á su opuesto, que es norueste, llaman maestral: al nordeste llaman greco, ó gregal; y á su contrario el sudueste llaman leveche, que es lybico, ó africo en latin. En latin los cuatro cabos son, septentrio, auster, subsulanos, favonius; y los entrepuestos son, aquilo, vulturnus, africus, y corus. Segun Plinio[130]vulturnus, y eurus son el mismo viento que es sueste, ó jaloque: favonius el mismo que oeste, ó poniente: aquilo, y boreas el mismo que nornordeste, ó gregal tramontana: africus, y lybs el mismo que sudueste, ó leveche: auster, y notus el mismo que sur, ó mediodia: corus, y zefyrus el mismo que norueste, ó maestral. Al propio que es nordeste, ó gregal, no le da otro nombre sino phenicias: otros los declaran de otra manera; y no es de nuestro intento averiguar al presente los nombres latinos y griegos de los vientos. Ahora digamos, cuales de estos vientos llaman brisas, y cuales vendavales, nuestros marineros del mar Océano de Indias. Es así que mucho tiempo anduve confuso con estos nombres, viéndoles usar de estos vocablos muy diferentemente, hasta que percibí bien, que mas son nombres generales, que no especiales de vientos ni partidas. Los que les sirven para ir á Indias, y dan cuasi á popa, llaman brisas, que en efecto comprehenden todos los vientos orientales, y sus allegados, y cuartas. Los que les sirven para volver de Indias llaman vendavales, que son desde el sur hasta el poniente estival. De manera, que hacen como dos cuadrillas de vientos, de cada parte la suya, cuyos caporales son: de una parte, nordeste, ó gregal: de otra parte, sudueste, ó leveche. Mas es bien saber, que de los ocho vientos, ó diferencias que contamos, los cinco son de provecho para navegar, y los otros tres no: quiero decir, que cuando navega en la mar una nave, puede caminar, y hacer el viage que pretende, de cualquiera de cinco partes que corra el viento, aunque no le será igualmente provechoso; mas corriendo de una de tres, no podrá navegar á donde pretende. Como si va al sur, con norte, y con nordeste, y con norueste navegará, y tambien con leste, y con oeste, porque los de los lados igualmente sirven para ir, y para venir. Mas corriendo sur, que es derechamente contrario, no puede navegar al sur, ni podrá con los otros dos laterales suyos, que son sueste, y sudueste. Esto es cosa muy trillada á los que andan por mar, y no habia necesidad de ponerlo aquí, sino solo para significar, que los vientos laterales del propio y verdadero oriente, esos soplan comunmente en la Tórrida, y los llaman brisas: y los vientos de mediodia hácia poniente, que sirven para navegar de occidente á oriente, no se hallan comunmente en la Tórrida: y así los suben á buscar fuera de los Trópicos, y esos nombran los marineros de Indias comunmente vendavales.