Aunque en otras partes se hallan bocas de fuego, como el monte Etna, y el Vesubio, que ahora llaman el monte de Soma, en Indias es cosa muy notable lo que se halla de esto. Son los volcanes de ordinario cerros muy altos, que se señalan entre las cumbres de los otros montes. Tienen en lo alto una llanura, y en medio una hoya ó boca grande, que baja hasta el profundo, que es cosa temerosa mirarlos. De estas bocas echan humo, y algunas veces fuego. Algunos hay, que es muy poco el humo que echan, y cuasi no tienen mas de la forma de volcanes, como es el de Arequipa, que es de inmensa altura, y cuasi todo de arena, en cuya subida gastan dos dias; pero no han hallado cosa notable de fuego, sino rastros de los sacrificios que allí hacian Indios en tiempo de su gentilidad, y algun poco de humo alguna vez. El volcán de Méjico, que está cerca de la Puebla de los Angeles, es tambien de admirable altura, que se ve de treinta leguas al derredor. Sale de este volcán no contínuamente, sino á tiempos, cuasi cada dia un gran golpe de humo, y sale derecho en alto como una saeta; despues se va haciendo como un plumage muy grande, hasta que cesa del todo, y luego se convierte en una como nube negra. Lo mas ordinario es, salir por la mañana salido el Sol, y á la noche cuando se pone, aunque tambien lo he visto á otras horas. Sale á vueltas del humo tambien mucha ceniza: fuego no se ha visto salir hasta ahora: hay recelo que salga, y abrase la tierra, que es la mejor de aquel Reino, la que tiene en su eontorno. Tienen por averiguado, que de este volcán y de la sierra de Tlaxcala, que está vecina, se hace cierta correspondencia, por donde son tantos los truenos y relámpagos, y aun rayos, que de ordinario se sienten por allí. Á este volcán han subido y entrado en él Españoles, y sacado alcrebite ó piedra azufre para hacer pólvora. Cortés cuenta la diligencia que él hizo para descubrir lo que allí habia. Los volcanes de Guatemala son mas famosos, así por su grandeza, que los navegantes de la mar del sur descubren de muy lejos, como por la braveza de fuego que echan de sí. En veinte y tres de Diciembre del año de ochenta y seis pasado sucedió caer cuasi toda la ciudad de Guatemala de un temblor, y morir algunas personas. Habia ya seis meses, que de noche ni de dia no cesó el volcán de echar de sí por lo alto, y como vomitar un rio de fuego, cuya materia, cayendo por las faldas del volcán, se convertia en ceniza y cantería quemada. Excede el juicio humano, cómo pudiese sacar de su centro tanta materia como por todos aquellos meses arrojaba de sí. Este volcán no solia echar sino humo, y eso no siempre; y algunas veces tambien hacía algunas llamaradas. Tuve yo esta relacion, estando en Méjico, por una carta de un Secretario de la Audiencia de Guatemala, fidedigna, y aun entonces no habia cesado el echar el fuego que se ha dicho, de aquel volcán. En Quito los años pasados, hallándome en la ciudad de los Reyes, el volcán que tienen vecino, echó de sí tanta ceniza, que por muchas leguas llovió tanta ceniza, que obscureció todo el dia; y en Quito cayó de modo, que no era posible andar por las calles. Otros volcanes han visto que no han hecho llama, ni humo, ni ceniza, sino allá en lo profundo está ardiendo en vivo fuego sin parar. De estos era aquél, que en nuestro tiempo un Clérigo codicioso se persuadió, que era masa de oro la que ardia, concluyendo, que no podia ser otra materia, ni metal, cosa que tantos años ardia sin gastarse jamás; y con esta persuasion hizo ciertos calderos y cadenas con no sé qué ingenio, para coger y sacar oro de aquel pozo: mas hizo burla de él el fuego, porque no habia bien llegado la cadena de hierro y el caldero, cuando luego se deshacía y cortaba como si fuera estopa. Todavia me dijeron, que porfiaba el sobredicho, y que andaba dando otras trazas cómo sacar el oro que imaginaba.
CAPÍTULO XXV
Qué sea la causa de durar tanto tiempo el fuego y humo de estos volcanes.
No hay para qué referir mas número de volcanes, pues de los dichos se puede entender lo que en esto pasa. Pero es cosa digna de disputar, qué sea la causa de durar el fuego y humo de estos volcanes, porque parece cosa prodigiosa, y que excede el curso natural, sacar de su estómago tanta cosa como vomitan. ¿Dónde está aquella materia, ó quien se la da, ó cómo se hace? Tienen algunos por opinion, que los volcanes van gastando la materia interior que ya tienen de su composicion, y así creen, que tendrán naturalmente fin en habiendo consumido la leña, digamos, que tienen. En consecuencia de esta opinion se muestran hoy dia algunos cerros, de donde se saca piedra quemada y muy liviana; pero muy recia y muy excelente para edificios, como es la que en Mejico se trae para algunas fábricas. Y en efecto parece ser lo que dicen, que aquellos cerros tuvieron fuego natural un tiempo, y que se acabó, acabada la materia que pudo gastar, y así dejó aquellas piedras pasadas de fuego. Yo no contradigo á esto, cuanto á pensar que haya habitado allí fuego, y en su modo sido volcanes aquellos en algun tiempo. Mas háceseme cosa dura creer, que en todos los volcanes pasa así, viendo que la materia que de sí echan es cuasi infinita, y que no puede caber allá en sus entrañas junta. Y demás de eso hay volcanes, que en centenares y aun millares de años se están siempre de un ser, y con el mismo continente lanzan de sí humo, fuego y ceniza. Plinio, el Historiador natural (segun refiere el otro Plinio), su sobrino, por especular este secreto, y ver cómo pasaba el negocio, llegándose á la conversaceon de el fuego de un volcán de estos, murió, y fué á acabar de averiguarlo allá. Yo mirándolo de mas afuera digo, que tengo para mí, que como hay en la tierra lugares que tienen virtud de atraer á sí materia vaporosa, y convertirla en agua, y esas son fuentes que siempre manan, y siempre tienen de qué manar, porque atraen á sí la materia de el agua; así tambien hay lugares que tienen propiedad de atraer á sí exhalaciones secas y cálidas, y esas convierten en fuego y en humo, y con la fuerza de ellas arrojan tambien otra materia gruesa que se resuelve en ceniza, ó en piedrapomez, ó semejante. Y que esto sea asi, es indicio bastante el ser á tiempos el echar el humo, y no siempre, y á tiempos fuego, y no siempre. Porque es, segun lo que ha podido atraer y digerir; y como las fuentes en tiempo de invierno abundan, y en verano se acortan, y aun algunas cesan del todo, segun la virtud y eficacia que tienen, y segun la materia se ofrece, así los volcanes en el echar mas ó menos fuego, á diversos tiempos. Lo que otros platican, que es fuego del infierno, y que sale de allá, para considerar por allí lo de la otra vida puede servir; pero si el infierno está, como platican los Teólogos, en el centro, y la tierra tiene de diámetro más de dos mil leguas, no se puede bien asentar que salga de el centro aquel fuego. Cuanmas que el fuego del infierno, segun San Basilio[136] y otros Santos enseñan, es muy diferente de éste que vemos, porque no tiene luz, y abrasa incomparablemente mas que este nuestro. Así que concluyo con parecerme lo que tengo dicho mas razonable.
NOTAS:
[136] Basil. in Psalm. 28. et in Hexam.
CAPÍTULO XXVI
De los Temblores de tierra.
Algunos han pensado, que de estos volcanes que hay en Indias, procedan los temblores de tierra, que por allá son harto frecuentes. Mas porque los hay en partes tambien que no tienen vecindad con volcanes, no puede ser esa toda la causa. Bien es verdad, que en cierta forma tiene lo uno con lo otro mucha semejanza, porque las exhalaciones cálidas que se engendran en las íntimas concavidades de la tierra, parece que son la principal materia del fuego de los volcanes, con las cuales se enciende tambien otra materia mas gruesa, y hace aquellas aparencias de humos y llamas que salen; y las mismas exhalaciones, no hallando debajo de la tierra salida fácil, mueven la tierra con aquella violencia para salir, de donde se causa el ruido horrible que suena debajo de la tierra, y el movimiento de la misma tierra agitada de la exhalacion encendida, así como la pólvora tocándola el fuego rompe peñas y muros en las minas, y como la castaña puesta al fuego salta, y se rompe, y da estallido, en concibiendo el aire, que está dentro de su cáscara, el vigor del fuego. Lo mas ordinario de estos temblores ó terremotos suele ser en tierras marítimas que tienen agua vecina. Y así se ve en Europa y en Indias, que los pueblos muy apartados de mar y aguas sienten menos de este trabajo, y los que son puertos, ó playas, ó costa, ó tienen vecindad con eso, padecen mas esta calamidad. En el Perú ha sido cosa maravillosa y mucho de notar, que desde Chile á Quito, que son mas de quinientas leguas, han ido los terremotos por su órden corriendo, digo los grandes y famosos, que otros menores han sido ordinarios. En la costa de Chile, no me acuerdo qué año, hubo uno terribilísimo, que trastornó montes enteros, y cerró con ellos la corriente á los rios, y los hizo lagunas, y derribó pueblos, y mató cuantidad de hombres, y hizo salir la mar de sí por algunas leguas, dejando en seco los navíos muy lejos de su puesto, y otras cosas semejantes de mucho espanto. Y si bien me acuerdo, dijeron habia corrido trescientas leguas por la costa el movimiento que hizo aquel terremoto. De ahí á pocos años el de ochenta y dos fué el temblor de Arequipa, que asoló cuasi aquella ciudad. Despues el año de ochenta y seis, á nueve de Julio, fué el de la ciudad de las Reyes, que segun escribió el Virey, habia corrido en largo por la costa ciento y setenta leguas, y en ancho la sierra adentro cincuenta leguas. En este temblor fué gran misericordia del Señor prevenir la gente con un ruido grande, que sintieron algun poco antes del temblor, y como están allí advertidos por la costumbre, luego se pusieron en cobro, saliéndose á las calles, ó plazas, ó huertas, finalmente, á lo descubierto. Y asi aunque arruinó mucho aquella ciudad, y los principales edificios de ella los derribó ó maltrató mucho; pero de la gente solo refieren haber muerto hasta catorce ó veinte personas. Hizo tambien entonces la mar el mismo movimiento que habia hecho en Chile, que fué poco despues de pasado el temblor de tierra, salir ella muy brava de sus playas, y entrar la tierra adentro cuasi dos leguas, porque subió mas de catorce brazas, y cubrió toda aquella playa, nadando en el agua que dije, las vigas y madera que allí habia. Despues el año siguiente hubo otro temblor semejante en el Reino y ciudad de Quito, que parece han ido sucediendo por su órden en aquella costa todos estos terremotos notables. Y en efecto es sujeta á este trabajo, porque ya que no tienen en los llanos del Perú la persecucion del Cielo de truenos y rayos, no les falte de la tierra que temer, y así todos tengan á vista Alguaciles de la divina justicia, para temer á Dios, pues como dice la Escritura[137]: Fecit hæc, ut timeatur. Volviendo á la proposicion digo, que son mas sugetas á estos temblores las tierras marítimas; y la causa á mi parecer es, que con el agua se tapan y obstruyen los agujeros y aperturas de la tierra por donde habia de exhalar y despedir las exhalaciones cálidas, que se engendran. Y tambien la humedad condensa la superficie de la tierra, y hace que se encierren y reconcentren mas allá dentro los humos calientes, que vienen á romper encendiéndose. Algunos han observado, que tras años muy secos viniendo tiempos lluviosos, suelen moverse tales temblores de tierra, y es por la misma razon, á la cual ayuda la experiencia, que dicen, de haber menos temblores donde hay muchos pozos. A la ciudad de Méjico tienen por opinion, que le es causa de algunos temblores que tiene, aunque no grandes, la laguna en que está. Aunque tambien es verdad, que ciudades y tierras muy mediterráneas, y apartadas de mar, sienten á veces grandes daños de terremotos, como en Indias la ciudad de Chachapoyas, y en Italia la de Ferrara, aunque ésta, por la vecindad del rio, y no mucha distancia del mar Adriático, antes parece se debe contar con las marítimas para el caso de que se trata. En Chuquiavo, que
por otro nombre se dice la Paz, ciudad del Perú, sucedió un caso en esta materia raro el año de ochenta y uno, y fué caer de repente un pedazo grandísimo de una altísima barranca cerca de un pueblo llamado Angoango, donde habia Indios hechiceros é idólatras. Tomó gran parte de este pueblo, y mató cantidad de los dichos Indios; y lo que apenas parece creíble; pero afírmanlo personas fidedignas, corrió la tierra que se derribó continuadamente legua y media, como si fuera agua ó cera derretida, de modo que tapó una laguna, y quedó aquella tierra tendida por toda esta distancia.