[CAPÍTULO XXIV]
De la manera con que el Demonio procuró en Méjico remedar la fiesta de Corpus Cristi, y Comunion que usa la Santa Iglesia.
Mayor admiracion pondrá la fiesta y semejanza de comunion que el mismo Demonio, Príncipe de los hijos de soberbia ordenó en Méjico, la cual, aunque sea un poco larga, es bien referirla como está escrita por personas fidedignas. En el mes de Mayo hacian los Mejicanos su principal fiesta de su Dios Vitzilipúztli; y dos dias antes de la fiesta aquellas mozas, que dijimos arriba, que guardaban recogimiento en el mismo templo, y eran como monjas, molian cuantidad de semilla de bledos juntamente con maíz tostado, y despues de molido amasábanlo con miel, y hacian de aquella masa un Idolo tan grande como era el de madera: y ponianle por ojos unas cuentas verdes, ó azules, ó blancas, y por dientes unos granos de maíz, sentado con todo el aparato que arriba queda dicho. El cual, despues de perfeccionado, venian todos los Señores, y traian un vestido curioso y rico, conforme al trage del Idolo, con el cual le vestian: y despues de muy bien vestido y aderezado sentábanlo en un escaño azul en sus andas, para llevarle en hombros. Llegada la mañana de la fiesta, una hora antes de amanecer, salian todas estas doncellas vestidas de blanco con atavíos nuevos, y aquel dia las llamaban hermanas del Dios Vitzilipúztli. Venian coronadas con guirnaldas de maíz tostado y reventado, que parece azahar, y á los cuellos gruesos sartales de lo mismo, que les venian por debajo de el brazo izquierdo, puesta su color en los carrillos; y los brazos desde los codos hasta las muñecas emplumados con plumas coloradas de papagayos; y así aderezadas tomaban las andas del Idolo en los hombros, y sacábanlas al patio, donde estaban ya todos los mancebos vestidos con unos paños de red galanos, coronados de la misma manera que las mugeres. En saliendo las mozas con el Idolo, llegaban los mancebos con mucha reverencia, y tomaban las andas en los hombros, trayéndolas al pie de las gradas del templo, donde se humillaba todo el pueblo; y tomando tierra del suelo se la ponian en la cabeza, que era ceremonia ordinaria entre ellos en las principales fiestas de sus Dioses. Hecha esta ceremonia, salía todo el pueblo en procesion con toda la priesa posible, é iban á un cerro que está una legua de la ciudad de Méjico, llamado Chapultepéc, y allí hacian estacion y sacrificios. Luego partian con la misma priesa á un lugar cerca de alli, que se dice Atlacuyavaya, donde hacían la segunda estacion: y de allí iban á otro pueblo una legua adelante, que se dice Cuyoacán, de donde partían, volviéndose á la ciudad de Méjico sin hacer pausa. Hacíase este camino de mas de cuatro leguas en tres ó cuatro horas: llamaban á esta procesion Ipayna Vitzilipúztli, que quiere decir, el veloz y apresurado camino de Vitzilipúztli. Acabados de llegar al pie de las gradas, ponian allí las andas, y tomaban unas sogas gruesas, y atábanlas á los asideros de las andas, y con mucho tiento y reverencia unos tiraban de arriba, y otros ayudando de abajo, subian las andas con el Idolo á la cumbre del templo, con mucho ruido de flautas, y clamor de bocinas, caracoles y atambores. Subíanlo de esta manera, por ser las gradas del templo muy empinadas y angostas, y la escalera bien larga, y así no podian subir con las andas en los hombros. Y al tiempo que subian al Idolo, estaba todo el pueblo en el patio con mucha reverencia y temor. Acabado de subirle á lo alto, y metido en una casilla de rosas que le tenian hecha, venian luego los mancebos, y derramaban muchas flores de diversas colores, henchiendo todo el templo dentro y fuera, de ellas. Hecho esto, salian todas las doncellas con el aderezo referido, y sacaban de su recogimiento unos trozos de masa de maíz tostado y bledos, que era la misma de que el Idolo era hecho, hechos á manera de huesos grandes, y entregábanlos á los mancebos, y ellos subíanlos arriba, y poníanlos á los pies del Idolo por todo aquel lugar, hasta que no cabian mas. A estos trozos de masa llamaban los huesos y carne de Vitzilipúztli. Puestos allí los huesos, salian todos los ancianos, del templo, Sacerdotes y Levitas, y todos los demás Ministros, segun sus dignidades y antigüedades, porque las habia con mucho concierto y órden, con sus nombres y dictados: salian unos tras otros con sus velos de red de diferentes colores y labores, segun la dignidad y oficio de cada uno, con guirnaldas en las cabezas, y sartales de flores en los cuellos. Tras estos salian los dioses y diosas, que adoraban en diversas figuras, vestidos de la misma librea, y poniéndose en órden al derredor de aquellos trozos de masa, hacian cierta ceremonia de canto y baile sobre ellos, con lo cual quedaban benditos y consagrados por carne y huesos de aquel Idolo. Acabada la bendicion y ceremonia de aquellos trozos de masa, con que quedaban tenidos por huesos y carne del Idolo, de la misma manera los veneraban que á su Dios. Salian luego los Sacrificadores, y hacían el sacrificio de hombres en la forma que está referida arriba, y eran en este sacrificados mas número que en otro dia, por ser la fiesta tan principal. Acabados, pues, los sacrificios, salian luego todos los mancebos y mozas del templo, aderezados como está dicho: puestos en órden y en hileras, los unos en frente de los otros, bailaban y cantaban al son de un atambor que les tañian en loor de la solemnidad, y del Idolo que celebraban, á cuyo canto todos los Señores, y viejos, y gente principal respondian, bailando en el circuito de ellos, haciendo un hermoso corro como lo tienen de costumbre, estando siempre los mozos y las mozas enmedio, á cuyo espectáculo venía toda la ciudad. En este dia del Idolo Vitzilipúztli era precepto muy guardado en toda la tierra, que no se habia de comer otra comida, sino de aquella masa con miel, de que el Idolo era hecho; y este manjar se habia de comer luego en amaneciendo, y que no se habia de beber agua, ni otra cosa alguna sobre ello, hasta pasado medio dia, y lo contrario tenian por gran agüero y sacrilegio: pasadas las ceremonias podian comer otras cosas. En este ínterin escondian el agua, de los niños, y avisaban á todos los que tenian uso de razon, que no bebiesen agua, porque vendría la ira de Dios sobre ellos, y moririan: y guardaban esto con gran cuidado y rigor. Concluídas las ceremonias, bailes y sacrificios, íbanse á desnudar; y los Sacerdotes y dignidades del templo tomaban el Idolo de masa, y desnudábanle de aquellos aderezos que tenia, y así á él, como á los trozos que estaban consagrados, los hacian muchos pedazos; y comenzando desde los mayores, repartíanlos, y dábanlos á modo de comunion á todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mugeres; y recibianlo con tanta reverencia, temor y lágrimas, que ponía admiracion, diciendo, que comian la carne y huesos de Dios, teniéndose por indignos de ello: los que tenian enfermedades pedian para ellos, y llevábanselo con mucha reverencia y veneracion: todos los que comulgaban quedaban obligados á dar diezmo de aquella semilla de que se hacía el Idolo. Acabada la solemnidad de la comunion, se subía un viejo de mucha autoridad, y en voz alta predicaba su ley y ceremonias. ¿A quién no pondrá admiracion, que tuviese el Demonio tanto cuidado de hacerse adorar, y recibir, al modo que Jesu-Cristo, nuestro Dios, ordenó y enseñó, y como la santa Iglesia lo acostumbra? Verdaderamente se echa de ver bien lo que al principio se dijo, que, en cuanto puede, procura Satanás usurpar y hurtar para sí la honra y culto debido á Dios, aunque siempre mezcla sus crueldades y suciedades, porque es espíritu homicida é inmundo y padre de mentira.
[CAPÍTULO XXV]
De la Confesión y Confesores que usaban los Indios.
Tambien el Sacramento de la Confesion quiso el mismo padre de mentira remedar, y de sus idólatras hacerse honrar con ceremonia muy semejante al uso de los fieles. En el Perú tenian por opinion, que todas las adversidades y enfermedades venian por pecados que habian hecho, y para remedio usaban de sacrificios; y además de eso también se confesaban vocalmente cuasi en todas las Provincias, y tenian confesores diputados para esto mayores y menores, y pecados reservados al mayor, y recibian penitencias, y algunas veces ásperas, especialmente si era hombre pobre el que hacia el pecado, y no tenia que dar al confesor; y este oficio de confesar tambien lo tenian las mugeres. En las Provincias de Collasuyo fué y es mas universal este uso de confesores hechiceros, que llaman ellos Ichúri ó Ichúiri. Tienen por opinion, que es pecado notable encubrir algun pecado en la confesion, y los Ichúris ó confesores averiguan, ó por suertes, ó mirando la asadura de algun animal, si les encubren algun pecado; y castíganlo con darle en las espaldas cuantidad de golpes con una piedra hasta que lo dice todo, y le dan la penitencia, y hacen el sacrificio. Esta confesion usan tambien cuando estan enfermos sus hijos, ó mugeres, ó maridos, ó sus Caciques, ó cuando estan en algunos grandes trabajos; y cuando el Inca estaba enfermo se confesaban todas las Provincias, especialmente los Collas. Los confesores tenian obligacion al secreto, pero con ciertas limitaciones. Los pecados de que principalmente se acusaban, eran: lo primero, matar uno á otro fuera de la guerra: item, hurtar: item, tomar la muger agena: item, dar yerbas ó hechizos para hacer mal; y por muy notable pecado tenian el descuido en la reverencia de sus guácas, y el quebrantar sus fiestas, y el decir mal del Inca, y el no obedecerle. No se acusaban de pecados y actos interiores; y segun relacion de algunos Sacerdotes, despues que los Cristianos vinieron á la tierra, se acusaban á sus Ichúris ó confesores, aun de los pensamientos. El Inca no confesaba sus pecados á ningun hombre sino solo al Sol, para que él los dijese al Viracócha, y le perdonase. Despues de confesado el Inca hacia cierto lavatorio, para acabar de limpiarse de sus culpas; y era en esta forma, que poniéndose en un rio corriente decía estas palabras: Yo he dicho mis pecados al Sol, tú, rio, los recibe, llevalos á la mar, donde nunca mas parezcan. Estos lavatorios usaban tambien los demas que se confesaban, con ceremonia muy semejante á la que los Moros usan, que ellos llaman el Guadoi, y los Indios los llaman Opacúna; y cuando acaecia morirsele á algun hombre sus hijos, le tenian por gran pecador, diciendole, que por sus pecados sucedia que muriese primero el hijo que el padre; y á estos tales, cuando despues de haberse confesado, hacian los lavatorios llamados Opacúna, segun está dicho, los habia de azotar con ciertas ortigas algun Indio monstruoso, como corcovado ó contrahecho de su nacimiento. Si los hechiceros ó sortílegos por sus suertes ó agüeros afirmaban, que habia de morir algun enfermo, no dudaba de matar su propio hijo, aunque no tuviese otro; y con esto entendia que adquiria salud, diciendo, que ofrecia á su hijo en su lugar en sacrificio; y despues de haber Cristianos en aquella tierra, se ha hallado en algunas partes esta crueldad. Notable cosa es cierto que haya prevalecido esta costumbre de confesar pecados secretos, y hacer tan rigurosas penitencias, como era, ayunar, dar ropa, oro, plata, estar en las sierras, recibir recios golpes en las espaldas; y hoy dia dicen los nuestros, que en la Provincia de Chicuito encuentran esta pestilencia de confesores ó ichúris, y que muchos enfermos acuden á ellos. Mas ya, por la gracia del Señor, se van desengañando del todo, y conocen el beneficio grande de nuestra confesion sacramental, y con gran devocion y fé acuden á ella. Y en parte ha sido providencia del Señor, permitir el uso pasado para que la confesion no se les haga dificultosa: y así en todo, el Señor es glorificado, y el Demonio burlador queda burlado. Por venir á este propósito referiré aquí el uso de confesion extraño, que el Demonio introdujo en el Japon, segun por una carta de allá consta, la cual dice así: En Ozaca hay unas peñas grandísimas, y tan altas, que hay en ellas riscos de mas de doscientas brazas de altura, y entre estas peñas sale hácia fuera una punta tan terrible, que de solo llegar los Xamabújis (que son los Romeros) á ella, les tiemblan las carnes, y se les despeluzan los cabellos, segun es el lugar terrible y espantoso. Aquí en esta punta está puesto con extraño artificio un grande baston de hierro, de tres brazas de largo ó mas, y en la punta de este baston está asido uno como peso, cuyas balanzas son tan grandes, que en una de ellas puede sentarse un hombre: y en una de ellas hacen los Goquís (que son los Demonios en figura de hombre) que entren estos peregrinos uno por uno, sin que quede ninguno, y por un ingenio que se menea mediante una rueda, hacen que vaya el baston saliendo hácia fuera, y en él la balanza va saliendo, de manera, que finalmente queda toda en el aire, y asentado en ella uno de los Xamabújis. Y como la balanza en que está asentado el hombre, no tiene contrapeso ninguno en la otra, baja luego hácia abajo, y levántase la otra hasta que tropieza en el baston, y entonces le dicen los Goquís desde las peñas, que se confiese, y diga todos sus pecados, cuantos hubiere hecho y se acordáre. Y esto es en voz tan alta, que lo oigan todos los demás que allí estan. Y comienza luego á confesarse; y unos de los circunstantes se rien de los pecados que oyen, y otros gimen. Y á cada pecado que dicen, baja la otra balanza un poco, hasta que finalmente, habiendo dicho todos sus pecados, queda la balanza vacia igual con la otra en que está el triste penitente. Y llegada la balanza al fin con la otra, vuelven los Goquís á hacer andar la rueda, y traen para dentro el baston, y ponen á otro de los peregrinos en la balanza, hasta que pasan todos. Contaba esto uno de los Japones despues de hecho Cristiano, el cual habia andado esta peregrinación siete veces, y entrado en la balanza otras tantas, donde públicamente se habia confesado. Y decia, que si acaso alguno de estos, puesto en aquel lugar, deja de confesar el pecado como pasó, ó lo encubre, la balanza vacia no baja, y si despues de haberle hecho instancia que confiese, él porfia en no querer confesar sus pecados, échanlo los Goquís de la balanza abajo, donde al momento se hace pedazos. Pero decíanos este Cristiano llamado Juan, que ordinariamente es tan grande el temor y temblor de aquel lugar en todos los que á él llegan, y el peligro que cada uno ve al ojo, de caer de aquella balanza, y ser despeñado de allí abajo, que cuasi nunca por maravilla acontece haber alguno, que no descubra todos sus pecados: llámase aquel lugar, por otro nombre, Sangenotocóro, que quiere decir lugar de confesion. Se ve por esta relacion bien claro, como el Demonio ha pretendido usurpar el culto divino para sí, haciendo la confesion de los pecados que el Salvador instituyó para remedio de los hombres, supersticion diabólica para mayor daño de ellos, no menor en la gentilidad del Japon, que en la de las Provincias del Collao en el Perú.