Del motin de los de Tlatellulco, y del primer Rey que eligieron los Mejicanos.

Hecha la division de barrios y colaciones con el concierto dicho, á algunos de los viejos y ancianos pareciéndoles que en la particion de los sitios no se les daba la ventaja que merecian, como gente agraviada, ellos, sus parientes y amigos se amotinaron y se fueron á buscar nuevo asiento; y discurriendo por la laguna, vinieron á hallar una pequeña albarrada ó terrapleno, que ellos llaman Tlatelollí, adonde poblaron, dándole el nombre de Tlatellúlco, que es lugar de terrapleno. Esta fue la tercera division de los Mejicanos, despues que salieron de su tierra, siendo la primera la de Mechoacán, y la segunda la de Malinálco. Eran éstos que se apartaron á Tlatellúlco, de suyo inquietos y mal intencionados, y así hacian á sus vecinos los Mejicanos la peor vecindad que podian: siempre tuvieron revueltas con ellos, y les fueron molestos, y aun hasta hoy duran la enemistad y bandos antiguos. Viendo, pues, los de Tenoxtitlán, que les eran muy contrarios éstos de Tlatellúlco, y que iban multiplicando, con recelo y temor de que por tiempo viniesen á sobrepujarles, tuvieron sobre el caso larga consulta, y salió de acuerdo, que era bien elegir Rey, á quien ellos obedeciesen, y los contrarios temiesen, porque con esto estarian entre sí mas unidos y fuertes, y los enemigos no se les atreverian tanto. Puestos en elegir Rey, tomaron otro acuerdo muy importante y acertado, de no elegirle de entre sí mismos, por evitar disensiones, y por ganar con el nuevo Rey alguna de las naciones cercanas, de que se veian rodeados y destituídos de todo socorro. Y mirado todo, así para aplacar al Rey de Culhuacán, á quien tenian gravemente ofendido por haberle muerto y desollado la hija de su antecesor, y hecho tan pesada burla, como tambien por tener Rey que fuese de su sangre Mejicana, de cuya generacion habia muchos en Culhuacán, del tiempo que vivieron en paz con ellos, determinaron elegir por Rey un mancebo llamado Acamapixtli, hijo de un gran Príncipe Mejicano, y de una Señora, hija del Rey de Culhuacán. Enviáronle luego Embajadores á pedírselo con un gran presente, los cuales dieron su embajada en esta forma: Gran Señor, nosotros tus vasallos y siervos los Mejicanos, metidos y encerrados entre las espadañas y carrizales de la laguna, solos y desamparados de todas las naciones del mundo, encaminados solamente por nuestro Dios al sitio donde ahora estamos, que cae en la jurisdiccion de tu término, y del de Azcapuzálco, y del de Tezcuco, ya que nos habeis permitido estar en él, no queremos, ni es razon, estar sin cabeza y Señor que nos mande, corrija, guie y enseñe en nuestro modo de vivir, y nos defienda y ampare de nuestros enemigos. Por tanto acudimos á tí, sabiendo que en tu casa y Corte hay hijos de nuestra generacion emparentada con la vuestra, salidos de nuestras entrañas y de las vuestras, sangre nuestra y vuestra. Entre estos tenemos noticia de un nieto tuyo y nuestro, llamado Acamapixtli: suplicámoste nos lo des por Señor, al cual estimaremos como merece, pues es de la línea de los Señores Mejicanos, y de los Reyes de Culhuacán. El Rey, visto el negocio, y que no le estaba mal aliarse con los Mejicanos, que eran valientes, les respondió, que llevasen su nieto mucho en hora buena, aunque añadió, que si fuera muger no se la diera, significando el hecho tan feo que arriba se ha referido. Y acabó su plática con decir: Vaya mi nieto, y sirva á vuestro Dios, y sea su Lugar-Teniente, rija y gobierne las criaturas de aquel por quien vivimos, Señor de la noche y dia, y de los vientos. Vaya y sea Señor de el agua, y de la tierra que posee la nacion Mejicana; llevadle en buena hora, y mirad que le trateis como á hijo y nieto mio. Los Mejicanos le rindieron las gracias, y juntamente le pidieron le casase de su mano, y así le dió por muger una Señora muy principal entre ellos. Trajeron al nuevo Rey y Reina con la honra posible, y hiciéronles su recibimiento, saliendo cuantos habia, hasta los muy chiquitos, á ver su Rey, y llevándolos á unos palacios, que entonces eran harto pobres, y sentándolos en sus asientos de Reyes, luego se levantó uno de aquellos ancianos y Retóricos, de que tuvieron gran cuenta, y habló en esta manera: Hijo mio, Señor y Rey nuestro, seas muy bien venido á esta pobre casa y ciudad, entre estos carrizales y espadañas, adonde los pobres de tus padres, abuelos y parientes padecen lo que el Señor de lo criado se sabe. Mira, Señor, que vienes á ser amparo, sombra y abrigo de esta nacion Mejicana, por ser la semejanza de nuestro Dios Vitzilipúztli, por cuya causa se te da el mando y la jurisdiccion. Bien sabes que no estamos en nuestra tierra, pues la que poseemos ahora es agena, y no sabemos lo que será de nosotros mañana ó esotro dia. Y así considera, que no vienes á descansar, ni á recrearte, sino á tomar nuevo trabajo con carga tan pesada, que siempre te ha de hacer trabajar, siendo esclavo de toda esta multitud, que te cupo en suerte, y de toda esotra gente comarcana, á quien has de procurar de tener muy gratos y contentos, pues sabes vivimos en sus tierras y término. Y así cesó, con repetir seais muy bien venido tú y la Reina nuestra Señora á este vuestro Reino. Esta fué la plática del viejo, la cual, con las demás que celebran las historias Mejicanas, tenian por uso aprender de coro los mozos, y por tradicion se conservaron estos razonamientos, que algunos de ellos son dignos de referir por sus propias palabras. El Rey respondió dando las gracias, y ofreciendo su diligencia y cuidado en defenderles y ayudarles cuanto él pudiese. Con esto le juraron, y conforme á su modo le pusieron la corona de Rey, que tiene semejanza á la corona de la Señoría de Venecia. El nombre de este Rey primero Acamapixtli, quiere decir, Cañas en puño; y así su insignia es una mano, que tiene muchas saetas de caña.


[CAPÍTULO IX]

Del extraño tributo que pagaban los Mejicanos á los de Azcapuzálco.

Fué la eleccion del nuevo Rey tan acertada, que en poco tiempo comenzaron los Mejicanos á tener forma de República, y cobrar nombre y opinion con los extraños. Por donde sus circunvecinos, movidos de envidia y temor, trataron de sojuzgarlos, especialmente los Tepanécas, cuya cabeza era la ciudad de Azcapuzálco, á los cuales pagaban tributo, como gente que habia venido de fuera y moraba en su tierra. Pero el Rey de Azcapuzálco, con recelo del poder que iba creciendo, quiso oprimir á los mejicanos, y habida su consulta con los suyos, envió á decir al Rey Acamapixtli, que el tributo que le pagaban era poco, y que de ahí adelante le habian tambien de traer sabinas y sauces para el edificio de su ciudad, y además le habian de hacer una sementera en el agua de varias legumbres, y así nacida y criada se la habian de traer por la misma agua cada año sin faltar, donde no, que los declararía por enemigos, y los asolaría. De este mandato recibieron los Mejicanos terrible pena, pareciéndoles cosa imposible, lo que les demandaba, y que no era otra cosa sino buscar ocasion para destruirlos. Pero su Dios Vitzilipúztli les consoló apareciendo aquella noche á un viejo, y mandóle, que dijese á su hijo el Rey, de su parte, que no dudase de aceptar el tributo, que él le ayudaría, y todo sería fácil. Fué así, que llegado el tiempo del tributo, llevaron los Mejicanos los árboles que les habian mandado, y mas la sementera hecha en el agua, y llevada por el agua, en la cual habia mucho maiz (que es su trigo) granado ya con sus mazorcas, habia chili, ó ají, habia bledos, tomates, frísoles, chia, calabazas y otras muchas cosas, todo crecido y de sazon. Los que no han visto las sementeras que se hacen en la laguna de Méjico en medio de la misma agua, tendrán por patraña lo que aquí se cuenta, ó cuando mucho creerán que era encantamento del Demonio, á quien esta gente adoraba. Mas en realidad de verdad es cosa muy hacedera, y se ha hecho muchas veces, hacer sementera movediza en el agua, porque sobre juncia y espadaña se echa tierra en tal forma, que no la deshaga el agua, y allí se siembra, cultiva, crece y madura, y se lleva de una parte á otra. Pero el hacerse con facilidad, y en mucha cuantidad y muy de sazon, todo bien arguye, que el Vitzilipúztli, que por otro nombre se dice Patillas, anduviese por allí, mayormente cuando no habian hecho ni visto tal cosa. Así se maravilló mucho el Rey de Azcapuzálco, cuando vió cumplido lo que él habia tenido por imposible, y dijo á los suyos, que aquella gente tenia gran Dios, que todo les era fácil. Y á ellos les dijo, que pues su Dios se lo daba todo hecho, que queria que otro año, al tiempo del tributo, le trajesen tambien en la sementera un pato y una garza, con sus huevos empollados, y que habia de ser de suerte, que cuando llegasen habian de sacar sus pollos, y que no habia de ser de otra suerte, so pena de incurrir en su enemistad. Siguióse la congoja en los Mejicanos, que mandato tan soberbio y dificil requeria; mas su Dios de noche (como él solia) los conortó por uno de los suyos, y dijo, que todo aquello tomaba él á su cargo, que no tuviesen pena, y que estuviesen ciertos que vendria tiempo en que pagasen con las vidas los de Azcapuzálco aquellos antojos de nuevos tributos; pero que al presente era bien callar y obedecer. Al tiempo del tributo, llevando los Mejicanos cuanto se les habia pedido de su sementera, remaneció en la balsa (sin saber ellos como) un pato y una garza empollando sus huevos, y caminando llegaron á Azcapuzálco, donde luego sacaron sus pollos. Por donde admirado sobre manera el Rey de Azcapuzálco, volvió á decir á los suyos, que aquellas cosas eran mas que humanas, y que los Mejicanos llevaban manera de ser Señores de todo. Pero en fin, el órden de tributar no se aflojó un punto, y por no hallarse poderosos, tuvieron sufrimiento, y permanecieron en esta sujecion y servidumbre cincuenta años. En este tiempo acabó el Rey Acamapixtli, habiendo acrecentado su ciudad de Méjico de muchos edificios, calles y acequias, y mucha abundancia de mantenimientos. Reinó con mucha paz y quietud cuarenta años, celando siempre el bien y aumento de su República: estando para morir hizo una cosa memorable, y fué, que teniendo hijos legítimos, á quien pudiera dejar la sucesion del Reino, no lo quiso hacer, antes dejó en su libertad á la República, que como á él le habian libremente elegido, así eligiesen á quien les estuviese mejor para su buen gobierno, y amonestándoles que mirasen el bien de su República. Y mostrando dolor de no dejarles libres del tributo y sujecion, con encomendarles sus hijos y muger, hizo fin, dejando todo su pueblo desconsolado por su muerte.


[CAPÍTULO X]