8. — «Soy contento, respondió Fray Blas, y ante todas cosas no se te olvide la que te dí en otra ocasion, con la de leerte el sermon que prediqué á San Benito del Otero, ó, por mejor decir, la que tú mismo sacaste en fuerza de tu ingenio sin que yo te la diesse pro expresso. Esta es la de acudir siempre á alguno de los Fastos, Menologios, Almanaques ó Calendarios gentílicos sive mythologicos y ver qué fiesta se celebraba, qué ceremonia ó qué cosa remarcable se hacia en aquel mismo dia en que tú tienes que predicar, y aplicarla intrépidamente á tu assunto, sea el que fuere; que esso lo podrás hacer con una maravillosa facilidad. Observo que te ha cogido algo de repente el terminillo remarcable: no lo extraño, que á mí tambien me sucedió lo mismo la primera vez que le oí; pero ya están los oídos y los ojos tan hechos á él, que se me hace muy reparable qualquiera cosa notable que no se llame remarcable.»
9. «Esta regla es general y conviene á todo género de assuntos, panegýricos, gratulatorios, exhortatorios ó deprecatorios, fúnebres y morales. Aunque prediques el mismíssimo sermon de la Passion, te puedes aprovechar de ella con una oportunidad que encante.»
10. «Pero, viniendo en particular á sermon de honras ú oracion fúnebre, que todo viene á ser uno, es indispensable que desde luego eches unas bocanadas de erudicion á borbotones sobre el tiempo, en que comenzó este género de obsequio á los difuntos, con qué ocasion se dió principio á él, quienes fueron los primeros inventores, si los Griegos ó los Romanos; qué progressos hizo en el discurso del tiempo; y, en fin, todo quanto hacinares en esta materia será otro tanto oro; porque desde luego captarás la admiracion del auditorio con tu portentosa erudicion.» — «Pero, hombre de los demontres, le replicó Fray Gerundio, donde tengo de encontrar yo tan antiguas y tan recónditas noticias? Piensas que son todos como tú, que parece tienes presente todo quanto ha passado en el mundo desde Adan hasta el Ante-Christo, y, aunque se hable de la cosa mas despreciable ó mas ridícula, como si dixéramos de alpargatas ó de polainas, al punto señalas el inventor, con el año y el dia fixo en que comenzaron á usarse?»
11. — «Válgame Dios, Fray Gerundio, respondió Fray Blas, y qué monigote que eres! Pues, no tienes ahí á Beyerlink, que te socorrerá con abundancia de quanta erudicion repentina hayas menester para qualquiera cosa que quieras? Amen de Beyerlink, no están los Passeracios, los Ambrosios, Calepinos y los Diccionarios universales, que hoy se estilan ya en todas las lenguas, los quales te darán tantas noticias históricas y críticas sobre cada palabra, que apénas pueda con ellas tu memoria? Es verdad, que los críticos llaman erudicion de socorro á este género de erudicion, aludiendo al agua de socorro con que se bautizan los párvulos; mas, y qué tenemos con esso? Por ventura los que se bautizan con agua de socorro, substancialmente no quedan tan bautizados como el mismo Emperador Constantino, quando le bautizó el Papa San Silvestre? si es que es cierta esta noticia, porque el dia de hoy todo se pone en duda. Pues, por qué los eruditos de socorro no serán tan eruditos como los que lo son con todas las ceremonias de la Orden? Que te respondan á esta paridad, y, miéntras no lo hicieren, que seguramente no lo harán, ríete de sus malignas y envidiosas expressiones.»
12. — «Estoy en cuenta, dixo Fray Gerundio; pero despues de toda essa retahila de erudicion, que sin duda acreditará á qualquiera, como la he de aplicar al intento particular de mi sermon de honras, y como he de hacer que venga á propósito para celebrar la memoria de mi buen Escrivano?» — «En poca agua te ahogas, respondió Fray Blas, y un hombre que aplicó tan divinamente todo quanto quiso, assí á las circunstancias del sermon del Sacramento como á la Plática de Disciplinantes, me admira que ahora se embarace en una bagatela. Mira: dos opiniones hay, á lo que me acuerdo, acerca de esto que se llama oraciones fúnebres ó panegýricos de los difuntos; unos quieren, que los primeros inventores de este género de elogios fuessen los Griegos, y aún se adelantan á nombrar al que pronunció el primero, que dicen fué Theseo, con ocasion de dar sepultura á los cadáveres de los Argivos. Otros atribuyen la gloria de esta agradecida invencion á los Romanos, afirmando que la primera oracion fúnebre que se oyó jamas, fué la que pronunció Lucio Junio Bruto con ocasion de la muerte de la casta Lucrecia, con la qual encendió tanto el ánimo de los Romanos contra el soberbio Tarquino, que le arrojaron del throno y se fundó la República, quinientos nueve años ántes del nacimiento de Christo. Algunos se esfuerzan á conciliar estas dos opiniones, diciendo que los Griegos fueron en rigor los primeros inventores de los elogios fúnebres, pero limitándolos precisamente á los que havian muerto en la guerra en defensa de la patria, y los Romanos fueron los primeros que los extendieron á todos los claros varones, que havian sido eminentes en otras virtudes, aunque no fuessen militares, ó que havian hecho algun considerable servicio á la Patria y al Estado.»
13. «Tú, no te detengas en esta question inútil, aunque convendrá que no dexes de apuntarla, para que entiendan que sabes mucho mas de lo que dices; y añadirás luego con despejo y con arrogancia: Ora se consagren los panegýricos pósthumos á las armas, ora se dediquen á las letras, ora se destinen á qualesquiera otras virtudes en que florecieron los claríssimos varones, siempre se deben de justicia estos pósthumos fúnebres y cypressinos elogios á nuestro Domingo Conejo (assí se llamaba el Escrivano, que Dios haya). Si á las armas? míresele continuamente con el cuchillo en la mano, tajando plumas, como pudiera Moros, Turcos ó Judíos. Si á las letras? quien formó mas ni con mas airosos rasgos en toda la redonda? Regístrense si no essos inmensos protocolos. Si á las demas heróicas virtudes, que hacen rebentar el clarin de la fama por lo mas ancho de la bocina? señáleseme siquiera una, en que no huviesse sido el non plus ultra nuestro plangibilíssimo Conejo.»
14. — «Hombre de Satanas! replicó Fray Gerundio, lo de las armas y de las letras está aplicado que ni el mismo Florilegista; pero lo de las virtudes, como se puede decir, sin que el Diablo y el auditorio se rian de la mentira? No ves, pecador de mí, que en los apuntamientos del Licenciado Flechilla se dice claritamente, que el Escrivano (Dios le haya perdonado!) era un mal hombre, falsario, embustero, enredador, zizañero, ladron, con sus polvillos de hypócrita?» — «Y en esso te detienes?» le interrumpió Fray Blas con cierto airecito de fisga. «Cada dia me pareces mas cuitado, y temo que has de dar en escrupuloso. Pues, hay mas que bautizar essos vicios con el nombre de virtudes? y cátalo todo compuesto. Di que ninguno le excedió en la condescendencia, que pocos le igualaron en el ingenio, que á nadie concedió ventajas en lo penetrativo, que fué único en la persuasion, y que en órden á defender sus derechos no solo no admitió igual, sino que tocó la raya de nimio. Ves ahí desfigurados sus vicios, y vestidos á la moda en trage de virtudes morales, con lo qual ninguno te podrá hablar una palabra, y aún está á pique que, al acabar la oracion fúnebre, alguna viejecilla simple se encomiende devotamente al Santo Escrivano Conejo.»
15. «Y en fin, quando todo turbio corra, á tí qué te cuesta fingir en el difunto las virtudes que te vinieren mas á pelo, segun los materiales que tuvieres á mano? porque, si no las tuvo, á lo ménos las debió de tener. Piensas tú, que serás el primero que lo hace? Mucho te engañas en esso; hombres he visto yo de mucho pro, que lo practican á cada passo, sin que por esso pierdan casamiento ni nada del respeto que se les debe. Hay en cierta parte del mundo un gremio digno de toda veneracion, donde es costumbre hacer honras y predicar su oracion fúnebre por qualquiera individuo de él, mas que muera de la otra parte del Cabo de Comorin. Ya se ve: pensar que son canonizables todos los miembros de aquel respetable gremio, seria un juício que se passaria de puro piadoso; con todo esso, apénas se oye ó se lee oracion fúnebre de alguno, (porque las mas se imprimen,) que al oyente ó al lector no le dé gana de hacerle una novena con culto privado, siendo assí que tal vez caen las oraciones sobre sugetos que, lo que es en vida, no hicieron milagros. Como se hace esto? Tan lindamente: poniendo el Orador de su casa lo que faltó al difunto, y que este le agradezca la buena voluntad.»
16. «Oh Señor! que esso será engañar al público, y con engaño muy perjudicial. Escrúpulos de Fray Gargajo. No sabe todo el mundo, que la primera partida del buen Orador debe ser la que se llama invencion? Esto qué quiere decir? Que el buen Orador ha de inventar lo que alaba, y es claro que, si lo encuentra en el sugeto á quien elogia, no lo inventa él, que lo refiere.»
17. Un poco le dissonó esto á Fray Gerundio, oliéndole á grandíssimo disparate, y assí no se pudo contener sin interrumpirle, diciendo: «Fray Blas, yo pienso que estás un si es no es equivocado y confundes la invencion con la ficcion, cosas entre sí muy distintas y muy distantes. Hago alguna memoria de que, quando el Dómine Zancas-Largas nos explicó esto de la invencion, no nos la dió el sentido que tú la das, y nos dixo que la invencion era aquella virtud, prenda ó gracia intelectual, en fuerza de la qual el Orador, queriendo engrandecer un hecho cierto, buscaba con arte medios, arbitrios ó modos oportunos para amplificarle y para engrandecerle, á los quales modos, arbitrios ó medios llamaba él las fuentes de la invencion: por señas que aún todavía me acuerdo bien de las tales fuentes, porque me costó el aprenderlas un par de vueltas de azotes; y assí decia, que la primera fuente de la invencion era la Historia; la segunda, los Apólogos y las Parábolas; la tercera, los Adagios ó los Refranes; la quarta, los Geroglýficos; la quinta, los Emblemas; la sexta, los Testimonios de los antiguos; la séptima, los Dichos graves y sentenciosos; la octava, las Leyes; la novena, la Sagrada Escritura; la décima, el discurso y el acierto ó la discrecion de lugares. Assí explicaba él esto de la invencion; pero nunca nos dixo, que la invencion del Orador consistia en inventar ó fingir lo que havia de alabar; ántes bien, si no me engaño mucho, nos inculcaba que esso de fingir se reservaba para los Poetas.»