Cuando dimos vista á ambas ciudades, cuando recorríamos aquellas sucias, estrechas y terrizas callejas, cuando penetramos en algunas de sus casas, á cada paso, á cada momento nos afirmábamos más y más en que lo mismo que aquellas ciudades, debió ser la nuestra, hasta que el renacimiento italiano comenzó á ejercer su influencia en la Península.
Tomando por base la estructura y disposición interior de las viviendas africanas, y las mismas que ofrecen todavia las nuestras en las ciudades andaluzas, y estudiando los vestigios que en éstas han podido salvarse de la destrucción, no puede caber duda que unas y otras fueron y son hermanas, pudiendo completar y restaurar las sevillanas con poco temor de incurrir en graves errores.
Franqueadas las siempre pequeñas puertas de ingreso, que más bien llamaríamos postigos, y el zaguán de dimensiones proporcionadas con el resto de la vivienda, penetramos en el patio, constituido por galerías altas y bajas con arcos inscritos en sendo arrabaes, bien de ojiva tumida ó de medio punto peraltados, que volteaban, ora sobre pilares de ladrillo agramilado ó de planta exagonal ú octogonal ora sobre fustes de mármoles de distintos diámetros, y á veces, hasta de desigual altura; diferencia que se salvaba, enterrando los fustes hasta dejarlos al nivel del piso, pues, importaba poco á los constructores que tuviesen ó no basas, así como que los capiteles correspondiesen á un mismo orden ó estilo, porque aprovechaban todo material que se les ofrecía sin el menor escrúpulo. Precisamente, en un monumento de la importancia de nuestro Alcázar, hallamos numerosos ejemplos de estas libertades constructivas.
Siguiendo el gusto sarraceno debió ser frecuente festonear los arcos con adornos lobulados ó angrelados de yeso ó estuco así como los intradoses y enjutas, todo ello labrado á lo «musayco» (que así llamaban á lo morisco) en finas yeserías. Las maderas de las techumbres de estas galerías bajas, lo mismo que las de las altas, serían de parihuelos apoyados en un friso ó arrocabe pintado más ó menos ricamente, según el lujo de los dueños y con dorados racimos estalactíticos en los ángulos de los corredores. Ancho friso, también de yesería, con bellas combinaciones geométricas, limitados en sus partes superior é inferior con inscripciones africanas ó cúficas, rodearían las galerías por bajo del arrocabe y análogo decorado serviría de marco ó arraba á los vanos de las puertas y á los de las ventanas ó á los ajimeces que daban luz á las «tarbeas» ó salas, las cuales, cuando tenían ciertas dimensiones, llamábanlas «palacios.»
Si decoraron los zócalos de las citadas galerías bajas, hiciéronlo, seguramente, con azulejos de mosáico, primer procedimiento con que se manifestó esta parte tan bella, de la industria cerámica.
En cuanto á los suelos, puede afirmarse que emplearon peregrinas combinaciones de ladrillos y azulejos, ya formando labores geométricas de estrellería polícroma incrustada en aquellos, ya de los pequeños ladrillos cuadrados, conocidos con el nombre de olambres ú olambrillas, ya finalmente, de azulejos tan solo. En medio de los patios había tazas de marmol muy estendidas y de poca altura, de la cual brotaba alegre surtidor de agua. A veces el centro del patio estaba terrizo, en forma de jardín, con sus bojes, mirtos y arrayanes, sus árboles frutales, sus cipreses y palmeras, jazmínes y granados y en el verano la odorífera albahaca.
El interior de las estancias nos lo figuramos decorado con zócalos de azulejos, frisos de yeserías y techumbres de alfarje ó de policromadas vigas y los muros blanqueados con cal, cubiertos de sargas, de guadameciles ó de tapicerías, según la fortuna de los dueños.
En cuanto al portage, debió ser, ya de maderas taraceadas, ya con clavazón de hierro ó ya con adornos pintados de vivos colores.[101]
Las galerías altas, generalmente, estaban formadas por pilares de madera con grandes zapatas que recibían el tejado de gran vuelo, y con barandas ó antepechos también de madera, de mármol ó de ladrillo, siendo muy análoga la decoración de las salas altas con las de la planta baja.
Como ejemplos de los últimos podrían citarse los patios de Sta. María de la Rábida y de San Isidoro del Campo.