323 Las mujeres, dende entonces, conocí a todas en una; ya no he de probar fortuna con carta tan conocida: mujer y perra parida, ¡no se me acerca ninguna!.
XI - A bailar un pericón.
324 a otros les brotan las coplas como agua de manantial; pues a mí me pasa igual; aunque las mías nada valen, de la boca se me salen como ovejas de corral.
325 Que en puertiando la primera, ya la siguen los demás, y en montones las de atrás contra los palos se estrellan, y saltan y se atropellan sin que se corten jamás.
326 Y aunque yo por mi inorancia con gran trabajo me esplico, cuando llego a abrir el pico, tengaló por cosa cierta, sale un verso y en la puerta ya asoma el otro el hocico.
327 Y emprésteme su atención; me oirá relatar las penas de que traigo la alma llena; porque en toda circustancia, paga el gaucho su inorancia con la sangre de sus venas.
328 Después de aquella desgracia me refugié en los pajales; anduve entre los cardales como bicho sin guarida; pero, amigo, es esa vida como vida de animales.
329 Y son tantas las miserias en que me he salido ver, que con tanto padecer y sufrir tanta aflición, malicio que he de tener un callo en el corazón.
330 Ansí andaba como guacho cuando pasa el temporal; supe una vez por mi mal de una milonga que había, y ya pa la pulpería enderecé mi bagual.
331 Era la casa del baile un rancho de mala muerte, y se enllenó de tal suerte que andábamos a empujones: nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.