Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones indispensables para su equilibrio.

Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables. Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el mosaico.

Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales», resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores.

Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente.

Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres, dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras.

IV.—La vulgaridad.

La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera, el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan que hay cumbres más allá de sus horizontes.

El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.

Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.