En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.
En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos por aquélla. Así—, resistiéndolos, como las velas al viento—, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías propulsoras.
LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.—II. LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.—III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.—IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA.
I.—El hombre rutinario: psicología de los Panza.
La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.
Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que el talento.
Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, ó la de sus iguales.