En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes, conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y halagan sus prejuicios.
Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno del cuerpo.
Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas. Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo.
Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido común, es decir, un original ó un genio—que en esto se parecen—, puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.
En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
II.—Los estigmas mentales de la mediocridad.
En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo.» (Pensées; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier hombre satisfecho de su mediocridad.
Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio.
El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres—Sócrates—bailaba.» Esta aguda advertencia de Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de Pascal en sus Pensamientos: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.