Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad; son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación; el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.

Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores, juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar en ninguna.

Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.

La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de asumir su responsabilidad.

Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua, incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó desvergüenza; muchas veces á traición.

Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos. Sombras.

II.—La domesticación de los mediocres.

Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida.

La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás acomete de frente un obstáculo.

El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría que copiar por entero el elocuente «Discurso sobre la servidumbre voluntaria», escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el servilismo.