Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria, sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.

El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente, como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia, hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes. Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela sus vicios intrínsecos.

Esos degenerados son indomesticables.

Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope, se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan, borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos á su imagen y semejanza.

Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la sangre humana.

Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos, religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.

Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo. Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa, se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en formas tan diversas como las personas que la ejercitan.

Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago, lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud es un ultraje á las costumbres...

Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados, no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación de los mediocres ha llegado á sus extremos.

III.—La vanidad y el orgullo.