Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz: tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.

Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de rodillas.

Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía inequívoca de mediocridad.

LA VEJEZ NIVELADORA

I. LAS CANAS.—II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.—III. LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.—IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.—V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.

I.—Las canas.

Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio. Arrancarse la primera—¿quién no lo hace?—es como quitar el badajo á la campana que toca el Angelus, pretendiendo con ello prolongar el día.

Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa es la mediocridad.