La mejor prueba de ello—que los ignorantes suelen citar contra la «ciencia»—la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la edad viril.

III.—La bancarrota de los ingenios.

Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean; es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.

Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á la miseria.

En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez.

Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond y C. E. Baer.

Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.

IV.—Psicología de la vejez.

La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por Ribot en el último capítulo de su Psicología de los sentimientos.