Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente, es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es la posición del problema. Es sencilla.

Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un «pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de pastores.

La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho individualistas y partidarios de la selección natural: perseguían la aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas. Aquel ingenuo trovador que cantó

«Ved en trono á la noble igualdad»,

creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda superioridad ó diferencia.

Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad; los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las tabernas.

Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo. Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos, familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de la herencia?

Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso obstáculo.

El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.

Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera. Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos de servidumbre?