Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de las aptitudes y se perdería con ellas.
Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.
Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base natural del privilegio.
La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta: la justicia en la desigualdad.
LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]
I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO—II. EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.—III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
I.—Las sombras del crepúsculo.
Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro legendario—Tiberio ó Facundo—y del genio transmutador—Marco Aurelio ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima; sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de una serpiente.