La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.

¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad? Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.

Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las transformaciones de energía que determina en el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa, y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un Ameghino, en función de su medio.

Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la estructura y la coordinación de las células que intervienen en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando faltan: Salamanca no las presta.

Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir: cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas.

En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún: son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores.

En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su reputación de inadaptado.

Basta leer su inmensa obra—centenares de monografías y de volúmenes—para comprender que sólo presenta los desequilibrios inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades, sino claramente previstos y anunciados.

El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental. Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.