Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que la razón ignora»—, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad.

El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron; habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas virtudes del amor.

En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir.

En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética. En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.

IV.—El idealismo experimental.

Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas, custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación, haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo apolíneo.

Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin rebajarla.

Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través de los siglos.

Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias oprobian á sus arquetipos.