Esta exaltación mística del respeto a la personalidad humana acompaña al concepto, fundamental para Emerson, de que la bondad es normal y natural, debiendo mirarse el mal como una simple traba o incapacidad para vivir normalmente, integralmente. La maldad pertenece a la teratología o a la patología moral: es una monstruosidad o una enfermedad. Son monstruosos todos los que obran contra sí mismos o contra los demás, todos los que viven de la hipocresía o esparcen la calumnia, todos los que fingen o mienten, todos los que ocultan una partícula de la verdad que saben para obtener una prebenda o un beneficio, todos los que se avergüenzan de la indignidad propia o alientan la indignidad ajena, todos los cómplices interesados del error o de la superstición, de la injusticia o del privilegio.

El hombre no se diviniza sino cuando se aproxima a su moralidad natural, que es la bondad, librándose del mal que conspira contra su propia divinización y contra la de los demás. Porque los resultados de la moralidad nunca son individuales, recaen sobre todos. Lo que más dificulta la perfección del hombre es su adaptación a un ambiente de moralidad inferior. Todos somos solidarios. Lo que rebaja moralmente a nuestros semejantes, nos rebaja a nosotros mismos; por eso la religión eticista conduce a una fe solidarista inquebrantable e impele a auspiciar todas las reformas que tienden a fundar una democracia social, aboliendo los obstáculos materiales que alejan al hombre de su perfeccionamiento moral.

Creen los eticistas que el esfuerzo humano basta para transformar los individuos y las sociedades, creando esa verdadera democracia política y moral que ninguna nación puede jactarse de haber realizado todavía. Si la bondad es normal, prevalecerá naturalmente. En ninguna parte la vemos perfecta y omnipotente; pero su posibilidad puede presentirse en el deseo esforzado de los hombres. Si la experiencia permitiera descubrir los medios naturales que intensificarían la dignidad en el hombre y la justicia en la sociedad, lógico sería presumir que la aplicación de esos medios conduciría a un aumento progresivo de la moralidad individual y social.

Los eticistas ingleses afirman su fe con una certeza y una esperanza impresionantes. Entienden que aun renunciando a lo sobrehumano y lo sobrenatural, siguen disponiendo de todos los medios que han usado las antiguas iglesias para mejorar a la humanidad; se consideran herederos suyos, de su larga experiencia, de su disciplina espiritual, de su conocimiento del corazón humano, es decir, de todos los instrumentos psicológicos de proselitismo, sin necesidad de conservar ninguno de sus dogmas ni transigir con ninguno de sus errores.

La Unión de las sociedades éticas inglesas proclama el deseo firme de alentar y preparar el estudio científico de los hechos que constituyen la experiencia moral de la humanidad. Reconoce que sólo especialistas en tales estudios pueden fundar esas "ciencias morales positivas"; pero, ocupándose teórica y prácticamente de las cuestiones morales y sociales, entienden proporcionar a los sabios observaciones y experimentos útiles, a la vez que preparar un público capaz de comprender sus resultados. "No tenemos, ni tendremos nunca, miedo de la ciencia; al contrario, su insuficiencia o su arresto nos perturbaría. Cuanto mejor conozcamos la naturaleza humana, tanto más seguros marcharemos hacia el advenimiento de la moral y de la justicia. Siempre nos adaptaremos a los resultados que se obtengan en el estudio de la experiencia moral mediante los métodos científicos".

"Solamente los prejuicios que nacen del orgullo, de la avidez, del afán de dominar, de los intereses de clase, del envanecimiento, del desprecio de los pobres y de las mujeres, pueden cegar al hombre hasta impedirle ver los recursos infinitos de que dispondrían las iglesias de Cristo el día que aceptaran los descubrimientos y las invenciones de la ciencia, las usaran y pusieran en ellas su confianza, en vez de esperar una salvación milagrosa suplicando a espíritus invisibles y pretendiendo ser guiadas por agentes sobrenaturales."

Justo es reconocer que los eticistas ingleses se adaptan con rigor lógico a esa confianza en la ciencia y a ese respeto por sus posibles resultados: desde el punto de vista pedagógico su actitud es verdaderamente crítica. No pretenden que su religión, sus iglesias, sus juicios morales, sean definitivos, ni que pueda erigirse en dogma inmutable ninguna de sus opiniones o creencias. No solamente creen que sus ideales son reformables y perfectibles, mas afirman que la historia del desenvolvimiento ético y religioso demuestra que los valores morales y las religiones están en constante evolución. "Ha habido en el pasado bastante charlatanismo en materias religiosas y morales; queremos tener el coraje de nuestra inevitable ignorancia y no presentarnos como sabiendo más de lo que podemos saber en el estado presente de las ciencias morales. Por eso no proclamamos nada que tengamos por absoluto, ninguna doctrina que reputemos definitiva e imperfectible. Tomamos como punto de partida de nuestra enseñanza los juicios morales generalmente aceptados en el mundo civilizado por los individuos que parecen normales y procuramos intensificarlos o expandirlos, contribuyendo así a su evolución, que consiste en depurar la moral corriente de todo lo que es solamente tradicional o convencional, complementándola, perfeccionándola, acostumbrando a los hombres a no concebir ya ningún ideal que no sea progresivo. La voz del deber manda augusta y absoluta; pero nuestro conocimiento del deber, y la noción que de él nos formamos, varían incesantemente. Las ciencias morales podrían darnos nuevas interpretaciones de nuestros ideales éticos, sin por eso destruir el fondo humano y social de la moralidad misma; y si demostraran que algunas de nuestras interpretaciones son erróneas, que algunos de nuestros ideales presentes son contradichos por la experiencia moral, encontrándolos nocivos para la dignificación de la vida individual y social, nosotros nos someteríamos a sus demostraciones o corregiríamos nuestros errores... Por eso, y mientras se constituya una ciencia positiva de la moralidad, no tenemos la pretensión de anticipar a los hombres la verdad absoluta."

De allí que no se consideren obligados a adoptar un criterio particular y absoluto del bien, ni prefieran enseñar tal o cual sistema de moral; eso obstaculizaría su progreso, excluyendo experiencias determinadas que otros pudieran aportar.

Entre los eticistas hay trinitarios, unitarios, ateos, mahometanos, hedonistas, utilitarios, kantianos; separados antes por sus dogmas o doctrinas, están unidos ahora por necesidades morales comunes, que engendran una fe análoga en el progreso moral de la humanidad. Los únicos excluidos son los incapaces de hacer esfuerzo alguno para mejorar su conducta y de sumar su voluntad con todas las otras que persiguen la solidaridad en el bien.

Esta comunidad de ideales y de acción moral es lo que constituye la creencia de una Iglesia; todas las que conoce la historia, en cuanto han sido útiles a la humanidad, fueron verdaderas sociedades éticas. Si han difundido en el mundo concepciones falsas, y en ciertos casos depresivas, ha sido apartándose de su primitiva finalidad natural y humana. Por eso los eticistas no se declaran enemigos de las Iglesias cristianas; no quieren destruirlas ni suplantar su influencia en el mundo, sino reformarlas y perfeccionarlas, infundiéndoles una mayor preocupación por el progreso moral y purgándolas de todo su dogmatismo teológico. Ese sería el camino hacia la unidad de creencias de toda la humanidad; esa sería la única actitud religiosa que todos los hombres podrían subscribir sin reservas, sin temor a las ciencias que construyen la verdad, con la que nunca podrá estar en disidencia la moral. Ambas emanan de la Naturaleza misma, convergen hacia comunes ideales de dignificación humana.