Es una acción indirecta, diréis; pero existe y es benéfica. No es la única, sin embargo. En horizontes más reducidos, para la minoría ilustrada a que poco antes nos referíamos, las asociaciones éticas son de utilidad directa. Baste pensar que ellas ofrecen un ambiente de educación moral intensiva a muchos hombres que no creen en dogma alguno religioso y que aislados están expuestos a caer en el dilettantismo, en el escepticismo o en el pesimismo moral; por el funesto hábito de asociar su moralidad a su religión abandonada, están expuestos a aflojar los resortes de su conducta privada y cívica, confundiendo la buena tolerancia doctrinal de todas las ideas con la detestable tolerancia práctica de todos los vicios.

Reconozcamos que ese peligro existe; nadie podría negar su gravedad desde una cátedra sin eludir la responsabilidad social que acepta al ocuparla. Y el remedio contra ese peligro—después del ejemplo personal, que es siempre la lección más fecunda—está en fomentar toda nueva forma de experiencia moral que pueda suplir las ya impracticables. El hombre que abandona sus dogmas religiosos está obligado a intensificar su moral práctica, a ser mejor hijo y mejor padre, mejor amigo y mejor esposo, mejor obrero y mejor ciudadano. La obligación social no es menor que la teológica o la metafísica; la sanción social es tan severa como la divina o la racional... Y bien; si entre los hombres que no creen ya en las religiones dogmáticas, muchos carecen de energías morales suficientes, ¿no es deseable que las sociedades éticas les proporcionen un ambiente propicio para que su moralidad sea sostenida y se perfeccione?

Basta reconocer que existe un peligro, para que no sea desdeñable ningún medio que contribuya a evitarlo. Sabéis—da vergüenza decirlo—que algunos señalan como único remedio la vuelta a los dogmatismos tradicionales repudiando de plano todas las verdades que desde hace un siglo los contradicen o los comprometen. No vacilemos en declarar, en voz alta y en nombre de nuestros hijos, que perseguir la moralidad a precio del error deliberado—que es la mentira—nos parece la más irreparable de las inmoralidades.

Los eticistas, sin distinción de matices, quieren que la verdad, profunda voz con que habla a los hombres la Naturaleza, sea respetada. Nunca proponen ahogarla; prefieren depurar los viejos ideales éticos de todos sus elementos dogmáticos, perfeccionándolos, elaborando ideales nuevos.

Existe, no lo descuidemos, otro aspecto de la cuestión, más importante para el porvenir. Las sociedades éticas no lo descuidan: es el problema de la educación moral en la enseñanza; es el único práctico para el porvenir. Así lo comprendieron, en nuestra patria, muchos grandes espíritus: Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Estrada, Peyret, en bellas páginas que merecen releerse; Agustín Álvarez le consagró un volumen especial; desde esta misma cátedra os la ha predicado el dignísimo decano de esta Facultad, Rodolfo Rivarola.

Las naciones civilizadas han expresado ya su voluntad de que la escuela pública se abstenga de preferir ninguno de los dogmas religiosos profesados por sus ciudadanos. Afirmemos también la necesidad de intensificar en ella la educación moral, preparando las generaciones futuras para esa tolerancia recíproca de las creencias que es la base misma de la solidaridad social. Sólo por obra de la escuela marchará la humanidad hacia una moral sin dogmas; sólo por ella podrán los argentinos de mañana repetir el lema de las sociedades éticas: Los dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une.

Del autor, reediciones en el mismo formato:

Principios de Psicología (5.a edición, corregida),
1 vol. de 500 páginas.

2 $ m|n.
Criminología (6.a edición, corregida),
1 vol. de 400 páginas.

2 " "
El Hombre Mediocre (3.a edición, corregida),
1 vol. de 256 páginas.

agotada
Hacia una moral sin dogmas,
1 volumen de 212 páginas.

1 $ m|n.
El Hombre Mediocre (4.a edición, formato menor).1 $ m|n.

En prensa: