Las dos imitaban el tipo de las sociedades cerradas, cuyo modelo era la "Joven Italia"; las dos se proponían reformar la sociedad en que actuaban; las dos dedicaban preferente atención al estudio de los problemas económicos; las dos afirmaban la necesidad de marchar hacia la democracia y acabar con los privilegios tradicionales; las dos declaraban ser cristianas y ponían la moralidad como condición intrínseca del progreso social. Es innecesario insistir en que cristianismo significaba en Boston lo contrario de dogmatismo protestante y en Buenos Aires lo contrario de dogmatismo católico; era, en ambas partes, un liberalismo adverso a la religión imperante: como el cristianismo de Saint Simon y de Leroux.
El movimiento norteamericano y el argentino tuvieron un claro sentido nacionalista, insistiendo ambos en la necesidad de adaptar su acción al medio social, prescindiendo de fórmulas elaboradas en Europa y sugeridas por la observación de ambientes muy distintos de los americanos. En esto, por falta de ilustración histórica o por ingenuo patriotismo, desearían ver muchos críticos una expresión de americanismo y un deseo de originalidad; esa ilusión se disipa cuando se estudia la filosofía política del radicalismo europeo, precedente a la revolución de 1848. Desde los célebres "Discursos a la nación alemana" de Fichte, pronunciados en 1808, planteábase en todos los pueblos europeas el problema de regenerar las nacionalidades y educar a la juventud en principios sociales más firmes que los anteriores, pues el fracaso de la revolución del 89 se atribuía a que las naciones no estaban capacitadas para adoptar el nuevo régimen. Por eso cada extrema izquierda nacional, sin olvidar su poco de retórica acerca del humanitarismo y la fraternidad universal, se preocupaba intensamente del bienestar interno de su país e inscribía en su programa reformas éticas y económicas esencialmente nacionales.
Por ignorar ese influjo sansimoniano—o por no confesarlo—los comentaristas del movimiento de los Trascendentales lo presentan como una exaltación reformista puramente autóctona, que minaba todas las tradiciones: el gobierno, la familia, la iglesia, la escuela; todo lo que en Francia preludiaba a la revolución del 48; todo lo que en forma prudente está repetido en el Dogma Socialista de nuestra Asociación de Mayo.
Adviértase bien la uniforme significación histórica y política de esas expresiones americanas del "romanticismo social": el sansimonismo termina en Europa con la revolución del 48, el Club de los Trascendentales deja de reunirse en 1850 y los afiliados de la Asociación de Mayo, dispersados por la Restauración de Rosas, terminan su ciclo de propaganda liberal con el levantamiento de 1851 y la caída de la dictadura.
En torno del Trascendentalismo se mueve la generación liberal norteamericana, teniendo por cabezas a Channing y Emerson, rodeados por David Thoreau, el poeta naturalista, por Ripley, Margarita Fuller, Parker, Bancroft, Hedge, Bartol, Brownson, Peabody, Cranch, Follen y los Channing juniors. El hombre de acción, el motor del Club, era Amós Bronson Alcott, el espíritu más equilibrado y menos literario del grupo, exactamente como fué Juan B. Alberdi el verdadero empresario de nuestra Asociación de Mayo.
Emerson, sensible en esa época a la exaltación militante, se plegó a los Trascendentales, les prestó su nombre, les dió sus consejos y dirigió su famosa revista The Dial. Es indudable que sus amigos eran un tanto comprometedores; Emerson mismo comentó más tarde sus fantásticos excesos, en páginas llenas de risueña bonhomía. Del sansimonismo cayeron muchos en el fourierismo, fundando comunidades falansterianas que subsistieron poco tiempo: la Brook-Farm fué famosa. "Es algo único en la historia del mundo", dice un narrador de ese ensayo comunista en que aparecen exaltados, al mismo tiempo, el cristianismo social y el individualismo anarquista. Los hombres y las mujeres más ilustradas del país entregáronse a roturar la chacra y a menesteres domésticos, al mismo tiempo que enriquecían la cultura nacional con producciones de calidad superior; según Emerson, "todo lo investigaron: lo necesario, lo simple, lo verdadero, lo humano, trepándose a la cima que domina la historia del pasado y del presente". El respeto escrupuloso de la libertad individual se armonizaba allí con el interés colectivo de la comunidad, sin que se advirtiese la necesidad de coacción alguna para que todos cumplieran su deber, y muchos bastante más que el deber mismo, el sacrificio. ¿Qué los impulsaba? Un ideal: la concepción de que era posible organizar la sociedad humana en tal forma que fuesen proscritos el privilegio y la holgazanería, la política y la mentira, los dogmas y las supersticiones, el convencionalismo y la injusticia. Ideal nobilísimo, si los hay; ideal cien veces renovado en la historia del último siglo; ideal lejano, si queréis; impracticable en su totalidad, probablemente; pero ideal cuya legitimidad nadie podría negar sin sonrojarse, como nadie podría negar que gracias a él los pueblos más civilizados han dado algunos pasos seguros hacia la democracia social del porvenir.
El ensayo práctico, en verdad, sólo fué posible por la calidad selectísima de los falansterianos de Brook-Farm; de su ferviente celo futurista podréis tener una impresión exacta leyendo cualquier historia de la literatura norteamericana. "¡Cuántos proyectos para salvar a la humanidad!", exclamaría Emerson más tarde: éste quería volver a la vida campestre, el otro suprimir la moneda y prohibir el comercio, aquél era vegetariano, algunos combatían el matrimonio indisoluble, muchos deseaban la extinción de toda autoridad política, un grupo ensayaba la educación integral, otro quería transformar las iglesias en escuelas de ciencias y de fraternidad.
¿Pretendían otra cosa los sansimonianos y los fourieristas, antes de la revolución del 48? La respuesta, harto sencilla, sugiere curiosas inducciones sobre la evolución de nuestra Asociación de Mayo si hubiera logrado prosperar en Buenos Aires en una época de tolerancia liberal, la de Rivadavia, pongamos por caso.
Fácil es comprender que el Trascendentalismo levantó resistencias y provocó reacciones, mirado por los políticos conservadores como un peligro y por las iglesias tradicionalistas como un semillero de herejía. Para contrarrestar su influjo se acentuó en todos los Estados la predicación religiosa, intensa, exaltada a la vez por el celo propio y por la competencia ajena, pues eran varias las comunidades que se disputaban la clientela de los creyentes.
The Dial suspendió sus publicaciones en 1844; los Trascendentales siguieron algún tiempo más, soñando con la armonía social de sus comunidades falansterianas. Emerson, en 1847, emprendió un viaje a Inglaterra, dejando en pleno hervor el movimiento liberal. Además de las iglesias unitarias y de los trascendentalistas de Boston, convergían a él los poetas de Cambridge: Longfellow, Holmes, Russell Lowell, Parsons y Story; el novelista Hawthorne; los historiadores Prescott, Bancroft, Motley, Parkman; los agitadores de la campaña antiesclavista: Garrison, Phillips, Sumner, Enriqueta Beecher Stowe, Whittier; toda, en fin, una legión de poetas, pensadores y apóstoles que representa para los Estados Unidos lo que—guardando las distancias—significa para la Argentina la generación de los emigrados: Echeverría, los Varela, Alberdi, López, Mitre, Sarmiento, Gutiérrez, Cané, Mármol, etc. Y sin pretender convertir en paralelismos estas sencillas y evidentes analogías, señalemos que la campaña liberal contra el antiguo régimen termina allá con el triunfo de la guerra contra los esclavistas y aquí con el éxito del ejército grande contra Rosas.