Quien haya frecuentado por algún tiempo una clínica de patología mental, sabe cuán frecuente es la tendencia mórbida a la simulación, a veces subconsciente o automática. Krafft-Ebing ha señalado los trastornos de la fantasía, determinados en los locos por asociaciones mentales mórbidas, llevándolos tan pronto a la mentira como a la simulación. Hemos visto docenas de enfermos que han fingido síntomas aislados o cuadros clínicos completos, ora con el propósito de interesar al médico por su salud, ora engañándole sin un propósito especial bien definido. Fuera de los consultorios y de las salas de hospital, el hecho se presenta a los médicos con igual frecuencia, aunque bajo aspectos muy variables. En numerosos desequilibrados y anormales suele existir una marcadísima tendencia a la simulación, que se manifiesta en cualquier circunstancia, de manera irresistible para el simulador, como si el hábito mismo la convirtiera en un fenómeno automático. Estos sujetos son los que llamamos simuladores-patológicos.

El contralor de la conducta está en ellos perturbado por una anomalía del funcionamiento mental; resulta de ello una pérdida del "sentido de la adaptación al medio", de que el sujeto tiene conciencia o subconciencia, procurando compensarla mediante simulaciones complicadas.

En algunos de estos sujetos la simulación es un resultado directo de la anormalidad mental: son los psicópatas. En otros es un producto indirecto, pues el desequilibrio psíquico exagera la sugestibilidad del individuo y lo predispone a simular bajo la influencia de otros sujetos: son los sugestionados.


1.º. La tendencia a la simulación en los degenerados, no escapó a la aguda perspicacia de Morselli. "La falsedad del carácter es también anomalía frecuente en los degenerados; ofrecen una tendencia irresistible a mentir, a fingir, a disimular, a calumniar. Muchos se tejen una vida de embustes, y no siempre porque ello les convenga. Típico del desequilibrio del carácter es afirmar distraídamente una cosa, un hecho, sin reparar en las consecuencias de la afirmación; después se la sostiene con el empecinamiento habitual en los espíritus pequeños, hasta que, a fuerza de repetirla, transfórmase por autosugestión en una creencia sincera (falsificación de los recuerdos, ilusiones de la memoria)". Aquí reside el origen de la simulación inconsciente que se observa en tantos degenerados, llegando al colmo en los histéricos. Y definiendo algunas modificaciones del carácter de los alienados, debidas a la exageración de los sentimientos egotistas, dice: "carácter falso (astucia, complacencia en la mentira y fecundidad de invención para calumniar, propias de la histérica, del querulante, del loco razonante; mendacidad desvergonzada del alcoholista, el morfinómano, el ebefrénico masturbador; obsequiosidad hipócrita del epiléptico; picardía y tenaz premeditación de todos los alienados movidos por alguna idea impulsiva a cometer actos perjudiciales o criminosos, por ejemplo, el incendio o el suicidio; disimulación del paranoico delirante y alucinado; etcétera)".

No repetiremos las exageraciones tocantes a las relaciones entre la histeria y la simulación; los trabajos de clínicos distinguidos, principalmente de Gilles de la Tourette y Pierre Janet, han demostrado que muchos de los fenómenos que se creían simulados son esencialmente patológicos, ajenos a la voluntad del sujeto, debidos a fenómenos de subconciencia, automatismo, restricciones del campo de la conciencia, etcétera.

En este grupo se observan dos formas clínicas diversas. En un caso la enfermedad determina una tendencia mórbida a la simulación consciente; en el otro la enfermedad, mediante torcidos procesos psicológicos, arrastra al enfermo a simular inconscientemente. La anormalidad mental suele impedir una apreciación exacta de las condiciones en que se presenta la lucha por la vida; además, como observa Morselli, las mentiras y las simulaciones voluntarias, "frecuentísimas en los alienados, los degenerados y las histéricas, reiterándose, pueden terminar por ser creídas sinceramente": la mendacidad y la simulación tórnanse, con el tiempo, involuntarias.

Caben en este grupo algunos tipos intermedios entre la salud y la locura, ya recordados. Estos individuos, por su deficiencia mental, no consiguen armonizar su conducta con el medio en que viven; esa inadaptación real los induce a colocarse en terreno falso, simulando adaptaciones ficticias, creyendo que ellas facilitarán una lucha que no aciertan a plantear en condiciones normales. Otras veces la simulación es producida por la morbosidad psíquica y no tiene ningún propósito—real ni ilusorio—de lucha o adaptación.

Un caso extraordinario, clásico en la historia de la neuropatología, es el referido por Gilles de la Tourette, relativo a la célebre Sor Juana de los Ángeles. Aquella histérica creía ser poseída a menudo por un sujeto que la violaba vigorosamente, en complicidad con diablos y otros seres sobrenaturales; afirmó encontrarse en cinta, y como no faltaron algunos de los signos físicos de su embarazo simulado, el inocente sujeto que ella acusaba como autor de sus alucinaciones fué condenado.