—¿Me cree usted capaz de arrepentirme—le preguntó ella mirándole fijamente y con expresión de asombro—, después de desearlo tanto?
—Como nunca se ha visto usted en ello... replicó Leto, pesaroso de haber apuntado la sospecha.
—Aquí, no; pero ya le he dicho a usted que en otras partes, sí; y aunque ésta fuera la primera vez, ¿tan poca confianza tiene usted en la fuerza de mis resoluciones?
—En cuanto dependan de la voluntad de usted, no—dijo Leto—; pero como en cosas de la mar hasta los más avezados a ella no cortan siempre por donde señalan...
—Pues luego va a verse, señor marino, si hay aquí o no hay valor para cortar por donde se ha señalado. Mientras tanto, le prohíbo a usted aventurar juicios sobre el particular.
Leto casi se ruborizó por falta de una sutileza galante con que responder a la reprimenda sabrosísima de Nieves.
—¡Qué bonito acopio ha hecho usted hoy!—la dijo porque no se acabara la conversación y aludiendo a la media guirnalda de yerbas y flores que llevaba Nieves sobre el pecho.
—¿Usted ha visto—respondió ella bajando la cabecita para mirarlas y acariciándolas al mismo tiempo con la mano—, qué helechos más primorosos? De tres clases y a cual más fina... Pues ¿y estos penachitos de farolillos carmesí?... ¿Cómo me dijo usted el otro día que se llamaban?
—Brezos.
—Es verdad, brezos: ¡qué preciosos! Pues ¿y estas otras florecitas azules que estaban a su lado? ¡Cosa más fina y delicada!... Vea usted qué bien componen con todo ello estas margaritas silvestres tan blancas, con el centro dorado... ¡Qué primor de campiña!