—Pero puede descubrirla alguien que la sepa, como ha de saberse, y venga por ahí con la mejor intención; o en la calle cuando él salga...
—Ya está previsto el caso y conjurado el riesgo en lo posible; y si no alcanza el conjuro... entonces será ocasión de explicárselo todo como se pueda, y de calmarle.
—¿Esa es una de las razones?—le preguntó Nieves.
—¿No le parece a usted de algún peso?—preguntó a su vez el otro.
—Lo que no me parece es egoísta...
—La egoísta va ahora—dijo Leto armándose de resolución—: óigala usted: el día en que el señor don Alejandro sepa lo ocurrido, se quedó el espacio sin aire y el cielo sin sol para mí.
—¡Qué exageraciones, hombre! Y ¿por qué?
—Porque ese día, en justo castigo, se me cerrarán a mí las puertas de esta casa.
Temió Leto que esta aclaración de las otras dos hipérboles sonaran demasiado recio en los oídos de Nieves, y se apresuró a decirla:
—La ruego a usted que no dé a estas palabras otro alcance que el muy modesto que llevan: las mayores bondades de usted conmigo no harán jamás que yo confunda los puestos ni las distancias: desde el suyo humildísimo goza el más pobre de la tierra los beneficios del sol y del aire que le dan la vida... No sé si habrá acabado usted de comprender lo que he querida decirla.