—Niña, que te va a hacer daño el relente.
Los dos de la barandilla se volvieron cara adentro. Nieves, más serena que Leto, respondió al punto:
—Al contrario, papá: me va sentando muy bien.
—Se te figurará a ti—insistió secamente Bermúdez—; pero yo sé que te hace daño...
—Tiene razón don Alejandro—se permitió decir Leto como si tratara de congraciarse con él—. Dentro estará usted mejor.
Y pasaron los dos al saloncillo, donde se aburrían soberanamente los tres señores mayores.
La tertulia se acabó poco después...
Al bajar a la villa convinieron don Adrián y el comandante en que el pobre don Alejandro andaba en vilo. No había habido modo de interesarle en ninguna conversación. Leto no se había enterado bien de ello, porque se había pasado la mayor parte del tiempo en el balcón, «demasiado tiempo» en opinión, muy recalcada, de Fuertes; porque en la tirantez de espíritu en que se hallaba el buen señor, hasta los dedos se le antojaban «huéspedes.» También esto de los huéspedes se lo recalcó mucho don Claudio a Leto. El cual disculpó su conducta con el deseo que le manifestó Nieves de permanecer allí, por temor a las pesquisas incesantes de su padre, y de hablar sobre lo más conveniente para todos, entre decirlo o callarlo.
—Y ¿en qué han quedado ustedes?—preguntole, Fuertes con la mayor sencillez del mundo.
Tan escamado estaba Leto con la nariz del comandante, que se sobresaltó con la pregunta, pensando que iba enderezada a otra cosa de las que se habían tratado en el balcón y llevaba él guardadita en la memoria y paladeaba a ratos con avidez para endulzar los amargores de sus recuerdos de la mañana. Pero se repuso al instante, y contestó: